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Esta semana el Fondo Monetario Internacional divulgó su análisis
sobre la situación del Uruguay. En el mismo aparece el reclamo de
“nuevos esfuerzos para fortalecer la competencia “, “expandir el
espacio para la actividad privada” y “reducir el tamaño del sector
público mejorando su eficiencia y abriendo a la actividad privada en
aquellos sectores actualmente reservados para el Estado”. Es sabido
que una recomendación del FMI es algo más que el consejo de un
consultor externo y suena más a la sugerencia que un banco acreedor
le hace al cliente deudor. Y esta recomendación ocurre en el mismo
momento en que comienza la campaña electoral referendaria sobre la
Ley de Asociación de Ancap.
Para situar el momento político basta un simple repaso de situación.
Todo el referendo gira en torno a si se permite a Ancap asociarse
ahora con una empresa petrolera internacional, conservando el Estado
la mayoría absoluta de la propiedad y cediendo el gerenciamiento por
30 años. En materia de propiedad, pues, no se discute si Ancap pasa
íntegramente a propiedad privada, sino si pasa a manos privadas la
minoría de la propiedad y si cede a privados el gerenciamiento de la
nueva empresa. Ceder el gerenciamiento y la minoría de la propiedad
provoca el recurso de referendo. El año pasado, más o menos por esta
misma época, el oficialismo se batió en retirada y no libró batalla
en defensa de una norma que permitía la venta de la minoría de la
propiedad de la telefonía celular estatal (que está en régimen de
competencia abierta con una empresa privada) y también posibilitaba
la desmonopolización de las llamadas internacionales (esto último
legal o ilegalmente de hecho se hizo). Es decir, la sociedad
uruguaya no admite con facilidad y sin polémica ceder terreno a la
propiedad y la gestión estatales. Este es un dato de la realidad,
indiscutible, que va más allá del gusto y disgusto de cada uno. Para
unos significa el paradigma de una sociedad justa y para otros el
síntoma de una enfermedad incurable. Pero lo que no se discute es
que la mayoría de la sociedad es reacia a un juego libre y puro de
mercado.
En este referendo, además, la izquierda tiene un problema complicado
entre quienes han participado en la redacción de la ley (que no sólo
es Astori, sino también los dos senadores de la Vertiente Artiguista)
y quienes se oponen a todo tipo de reducción del papel del Estado.
La forma encontrada como síntesis es no discutir demasiado el
contenido de la ley, sino plantear la desconfianza hacia un gobierno
que usará aspectos ambiguos de la ley para privatizar Ancap: “la ley
es una privatización soterrada” es la expresión ya usada por dos
diferentes dirigentes en dos distintas mesas redondas. Colorados,
blancos y del Partido Independiente han salido al cruce de estas
afirmaciones, indignados, considerando que así la izquierda ensucia
el debate. Pero por las dudas que a la izquierda se le pueda
complicar el fundamentar sus argumentaciones, aparece en su apoyo el
FMI, que dice con todas las letras que hay que abrir a la actividad
privada áreas reservadas al Estado. Dice justamente que hay que ir a
privatizar, que es lo que a una gran mayoría de los uruguayos les
rechina.
No es muy claro cuál es la motivación del Fondo Monetario
Internacional. Porque hay tres tipos de razones para promover lo que
promueve. Una, obviamente, es ideológica: la convicción de que una
sociedad es fuerte y exitosa si predomina lo privado y lo público
cumple un papel subsidiario, si el motor de la actividad es el pleno
y libre juego del mercado y de la actividad privada. Dos, porque las
actividades que realiza el Estado son deficitarias y el
mantenimiento de esas empresas en manos públicas es una carga
fiscal. Y tres, porque son ineficientes y en cambio la contracara
son empresas privadas eficientes. Lo primero entra en el debate de
la política y de las ideas, que como es sabido sólo es laudable (a
veces, no siempre) por la historia. Lo segundo en Uruguay, si se
refiere a las tres principales empresas no financieras (Ancap, Antel
y Ute) no es correcto, salvo el desajuste financiero que le provocó
a Ancap en el último año el desfasaje del dólar y del precio del
crudo; a la inversa, casi uno de cada diez pesos que entran en la
Tesorería provienen de las utilidades de estas empresas, lo que en
romance burocrática se llaman “transferencias”. Y tres, la opinión
pública tiene percepción que estas empresas son eficientes, basta
ver la calificación que les otorga, en forma sistemática y sin
excepciones, al menos desde 1990 a la fecha. Trece años en que el
juicio de los uruguayos sobre Ancap, Antel y Ute va de muy bueno
excelentísimo, según la empresa y el año. Es posible que los
uruguayos no entiendan que es eficiencia e inclusive que sean unos
reverendísimos tontos, pero aunque fuere así, lo que no es
discutible es cómo piensan: todo estudio realizado sobre los valores
de los uruguayos llega a la conclusión que más o menos 7 de cada 10
consideran que es fundamental la existencia de una fuerte presencia
del Estado.
Por otra parte, la sociedad no se manifiesta a favor del Estado sólo
en juicios de opinión, sino en actitudes de mercado. Basta ver el
ejemplo de los seguros de automotores, la telefonía celular, los
fondos de ahorro previsional o los depósitos bancarios, donde las
empresas estatales ganan en competencia abierta (y a veces por
paliza, como dicen los comentaristas deportivos). Pero además la
sociedad está insatisfecha con muchas de las privatizaciones. Para
tomar algunos ejemplos recogidos en diversos estudios: Rutas del
Este recaudó un largo tiempo antes de empezar las obras; Uragua
aplica tarifas muy superiores a las de Ose, se atrasa en el pago del
canon, no cumple con las inversiones y amenaza retirarse; Gaseba
tiene una percepción de eficiencia muy inferior a la de Ute y en el
último año ha incrementado sus precios al menos una vez y media más
que el organismo estatal. Por último los uruguayos sostienen que
Argentina siguió exactamente el camino sugerido por el FMI y terminó
peor que Uruguay, y arrastró a Uruguay.
Estos valores de la sociedad uruguaya serán buenos o malos, pero son
los que tiene. Si son malos, es tarea de quienes piensan lo
contrario realizar un esfuerzo largo y sostenido para cambiar la
manera de pensar. Pero mientras no ocurra, recomendar lo que hace el
FMI es olvidar la dimensión política del problema.
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