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Como ocurre cada vez
que hay campaña electoral en los últimos tiempos, particularmente en
los últimos tres lustros, surge la contradicción entre la
administración municipal capitalina en pos de la pulcritud y los
partidos políticos en busca de voz; pulcritud entendida como
ausencia de cartelería política. El tema no es nada nuevo.
Tradicionalmente la izquierda fue la más acérrima defensora de la
libertad de propaganda en la vía pública, accesible hasta al grupo
de ideas más pobretón, ya que para difundir el mensaje bastaban unos
pocos militantes, algunos litros de pintura y algún muro baldío. Así
fue como por décadas la izquierda se opuso a lo que consideró la
actitud reaccionaria de pretender limitar y restringir el uso de la
vía pública. Y eso fue constante hasta que la propia izquierda
accede al gobierno municipal, reglamenta y limita la propaganda
política en la vía pública, y persigue a quienes la usan. Tiene en
su favor el hecho de que la ciudad ve afectada su estética por la
proliferación de carteles en las columnas, a veces de dudoso gusto.
No hay duda que cuanto menos propaganda política la ciudad es más
bella, lo que lleva a la inequívoca conclusión que Montevideo nunca
estuvo más linda que cuando el periodo militar, cuando en su época
dura apenas si aparecía un trazo de letra en una pared, el que
además no duraba demasiadas horas. Tampoco hay duda que la
publicidad comercial debe ser más hermosa que la política, porque en
general abunda y sobreabunda en la vía pública, y sin duda debe
considerarse un factor de hermoseamiento de la ciudad, esas veredas
y calzadas tachonadas de volantes, particularmente en la Rambla de
Pocitos y en 18 de Julio, donde el ciudadano puede recibir consejos
sobre el uso de casas de masajes o cursos de informática.
Posiblemente menos preocupantes que esa otra cartelería que proclama
candidatos a presidente o números de lista. Cada quien es producto
de su historia personal, y por ello vale la pena partir de sus
propias vivencias. De chico me gustó recorrer las calles de
Montevideo y absorber las lecciones de esos muros, murales y
carteles, y también de las calzadas pintadas y pegatinadas: nombres
de partidos políticos, grupos y candidatos, fotografías de líderes,
números de listas, consignas y apelaciones, elogios e insultos. Como
niño ignorante de la estética urbana, fui fascinado por lo que se me
enseñó era una prueba de libertad en un país libre. Tanto que en los
viajes al extranjero junto a mis padres, detectaba los regímenes
autoritarios por el silencio de sus muros, por sus calles calladas.
Y así llegué a asociar las pintadas y pegatinas con la libertad.
Concepto reforzado cuando las pintadas y pegatinas fueron
prohibidas, no por la estética sino por su contenido, y costaba en
el menor de los casos una noche en comisaría y en el peor de ellos
cosas algo más complicadas y también más desagradables.
No está nada mal el replantear la discusión, que en verdad no se dio
cuando la Junta Departamental dictó una reglamentación sin abordar
en cabalidad el tema, y sobre todo no tuvo en cuenta la historia, el
que las normas no se dictan sobre un territorio vacío y sin pasado,
sino que se dictan a partir de ese pasado, con respeto a la historia
y en base a la historia. Y así se olvidó que una cosa es proteger
los derechos de los privados a la protección de sus muros y el
derecho público a proteger sus edificios y monumentos, y otra cosa
es cercenar los espacios realmente públicos, que siempre lo fueron y
siempre fueron utilizados por la política, y en particular por la
izquierda, sobre todo antes de que la izquierda accediese a los
grandes medios de comunicación, y antes de que contase con
herramientas de poder y de dinero para abrir aún más esos medios.
Porque otro de los problemas de esas reglamentaciones es que es más
posible que las cumpla quien esté dentro del sistema y más aún quien
cuente con medios alternativos; y es más difícil que la cumpla quien
no tiene otro medio de comunicación que la calle, y es imposible que
la cumpla quien esté fuera del sistema. Pero además siempre encierra
el peligro que el fiel vigilante vigile por demás a los que no le
son gratos y vigile por de menos a los gratos.
Replantear la discusión implica tomar todos los elementos en cuenta,
los de la estética y los de la libertad. Como pasa en otros temas.
Porque la Intendencia no toma en cuenta ni la estética ni la
seguridad en el tránsito en el tema de los carritos hurgadores, sino
que privilegia por encima de todo la necesidad social. Y tampoco
toma en cuenta la estética cuando los contenedores de basura
desbordan en las esquinas, sin que exista necesidad social sino
exclusivamente desidia funcional. Entonces, en el tema de la
propaganda política vale la pena que se ponga la estética donde
corresponde y se equilibre con la libertad, que además de libertad
para los actores políticos es docencia y convocatoria para los
ciudadanos, docencia de la cual este analista se declara su
discípulo, quizás por esa obsesión temprana de recorrer las calles y
grabar en el disco duro de la memoria cada muro, cada mural y cada
pintada. El tema puede parecer menor, como para dedicarle una
columna de análisis, que como descubrirá el lector, se aparta de lo
que es el análisis, es decir una distancia del investigador respecto
al objeto de estudio, y pasa a ser un comentario, la exteriorización
de vivencias y sentimientos propios. Pero es mayor o menor según la
importancia que le otorguen las autoridades, y cuando se dedica
tiempo, dinero y horas de funcionarios a perseguir el retiro de la
cartelería, la propia autoridad le da al asunto una importancia
mayor, y entonces justifica que alguien se ocupe del tema. Quizás,
como todo obsesivo, porque disfrutó mucho de la sensación de
libertad de los muros y columnas, y sufrió mucho cuando esos muros,
columnas y calzadas despedían un sepulcral silencio en beneficio de
la belleza de la ciudad.
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