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Las
primeras reacciones al resultado de las urnas no constituyeron la
exhibición de dirigencias políticas y empresariales de alto nivel,
más bien lo contrario. La idea que lo único que se votó fue el
destino de la refinería, sobre la cual este pueblo crédulo a las
mentiras e ignorante votó sin saber por qué lo hacía, es decir, que
no está capacitado para la democracia; y además que está de espaldas
al mundo y no entiende que pasa más allá de fronteras. Días después
el análisis de los actores políticos se fue refinando, pero quedó
muy centrado en aspectos coyunturales, en el papel protagónico de
algunos líderes, juegos duales de otros y errores publicitarios. Y
ha sido lugar común entre analistas calificar el resultado de “voto
castigo”, que en realidad es un término que indica que un pueblo
enojado descarga su frustración en forma masiva y, hecha la
catarsis, se libera y puede volver a seguir a los que castigó: chas
chas en la cola y todo bien. Es una conducta típicamente argentina,
donde el castigo aparece cuando el péndulo alcanza el punto opuesto
a la idolatría, a donde volverá. Fue mucho más profundo que un
superficial enojo.
Las campañas publicitarias del NO tuvieron gruesas falencias, el
discurso político general marcó una asintonía con el grueso de la
opinión pública y estuvo dirigido a un país que ya no es el mismo.
Se sobrevaloró la recuperación económica, que no ha llegado ni a los
hogares ni a la gran mayoría de las empresas. Y se minimizaron los
hondos efectos que dejó la crisis que estalló el año pasado. Todo
ello es absolutamente cierto. Pero si la publicidad hubiese sido
mejor, si el discurso hubiese sido más afinado, si algún líder
hubiese participado más y alguno otro un poco menos, si todo ello
hubiese ocurrido, el resultado de 60-34 podría haber cambiado a no
mucho más de 56-38, o quizás 54-40; en esencia es lo mismo. Por
encima de la anécdota, de lo episódico, es necesario escuchar el
mensaje de las urnas, de las del 7 de diciembre y de todas las
habidas en los últimos 40 años. Se hace necesario bucear en las
profundidades de los comportamientos de la sociedad.
Ambas colectividades tradicionales en conjunto representaron más del
90% del electorado desde la creación del estado moderno hasta 1966.
Desde entonces se produjo un fenómeno de constante e ininterrumpido
declive: 81% (1971), 75% (1984), 68% (1989), 63% (1994), 54% (1999,
parlamentarias), 52% (1999, balotaje) y 34% (referéndum de 2003).
Este último porcentaje surge de dos fuentes. Uno, es la votación del
NO, que aunque contó con voto frenteamplista se compensa con los
blancos y colorados que eligieron otras opciones. Dos, es el
porcentaje que registra el voto declarado y el oculto a ambos
partidos tradicionales en las encuestas de intención de voto.
Probablemente si hoy hubiese elecciones el voto real estuviese por
encima de ese 34%, quizás llegase hasta el 40% (hoy, el año que
viene es otro cantar). Como fuere, tanto da para el análisis una
cifra o la otra, porque lo que hace es confirmar esa línea histórica
profunda. En estas casi cuatro décadas hubo de todo en el país:
descaecimiento del sistema político, guerrilla, violencia
institucional, dictadura, muertos, secuestrados, torturados,
restauración de la democracia, revitalización del sistema político,
tres lustros de sostenido crecimiento económico (en lo macro y en lo
micro), constante y fuerte mejoramiento del ingreso de los hogares y
consecuentemente del consumo, caída de la desocupación, el bum de
los noventa, la crisis que impacta en el 2000 y el desplome del
2002. En casi cuatro décadas en el país hubo primavera, verano,
otoño e invierno, y los comportamientos electorales fueron inmunes a
las estaciones del clima político, económico y social. En las
dirigencias políticas hubo cambios y continuidades. Los referentes
en el nacionalismo fueron Ferreira Aldunate, Pereyra, Zumarán,
Lacalle, Volonté y Ramírez; en el coloradismo, Pacheco Areco, Batlle
Ibáñez y Sanguinetti; en el frenteamplismo, Seregni, Batalla, Arana,
Astori y Vázquez (y luego Batalla se fue de la izquierda hacia un
partido tradicional). Y la línea de caída tradicional y la de
crecimiento de izquierda es casi recta, sin quiebres, ambas inmunes
a quien dirige cada cosa, como si hubiesen sido escritas por la mano
de Alha. Esto obliga a una primera reflexión. No se dan estos
fenómenos en una sociedad por la acumulación desordenada de hechos
fortuitos. Hay que bucear en las profundidades de los mares para
desentrañar los misterios.
En principio aparecen tres grandes temas que podrían apuntar a una
explicación del fenómeno. Tres temas tirados arriba de la mesa para
la discusión, sin la pretensión de ser los únicos ni necesariamente
los principales. El primero tiene que ver con el modelo de país, o
con el rumbo del país, y con el posicionamiento político de los
partidos en relación a ello. Concretamente el papel del Estado y del
mercado, el papel de la solidaridad y el de la competencia. Parece
bastante claro que la sociedad considera exitoso un modelo
industrialista, cerrado, estatista en el manejo de la economía y en
la protección del individuo, y cuyo cenit se ubica en los años
cincuenta, en el entorno y con la magia de Maracaná. Los partidos
tradicionales (hacedores del modelo) en gran medida lo han
abandonado y la izquierda (crítica del mismo) lo ha asumido (es
particularmente interesante como el sector político más identificado
con ese modelo –el Foro Batllista – no es percibido así por el
grueso de la gente. Un segundo tema tiene que ver con los reclamos
de trasparencia, de deslinde entre el interés público y el interés
privado, de claridad de intenciones y procedimientos. Y uno tercero
está relacionado con las formas de hacer política, con el tema del
clientelismo y el patronazgo de un lado, con los ámbitos de
participación por otro. En los tres casos no interesa demasiado cómo
son las cosas, sino cómo cree la gente que son. Porque en definitiva
las personas definen posturas en base a lo que perciben, aunque la
percepción fuese muy desviada respecto a la realidad. Y si la
percepción y la realidad no coinciden, hay un grave problema de
comunicación. Y si una y otra coinciden, hay un grave problema de
actuación.
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