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El
fin del año cuatro del tercer milenio es el último del último
Batlle, al menos por un largo tiempo y como primer apellido, ya que
se no ve ningún relevo en el horizonte. Es también el último año del
último presidente de continuo de un partido tradicional (si no se
cuentan las interrupciones no constitucionales). El año cuatro del
último siglo del anterior milenio, otro Batlle, el segundo, el que
con su apellido diera origen a la expresión batllismo, cerró ese año
como el último que tuvo una guerra civil. Estos cien años marcan la
distancia que va del fin del enfrentamiento sangriento entre blancos
y colorados, al fin de la hegemonía política civilizada de blancos y
colorados, primero en competencia entre sí, luego en distintas
formas de colaboración o cogobierno. El Batlle de hace un siglo
llegó a la primera magistratura por el voto indirecto emitido por la
Asamblea General, como correspondía a la primera constitución, voto
de colorados (no todos) y de blancos disidentes, que por ese hecho
fueron expulsados del Partido Nacional. Para los blancos la elección
de aquel segundo Batlle fue el triunfo del exclusivismo colorado y
la amenaza para la colectividad nacionalista. Este Batlle, el
cuarto, fue elegido con el apoyo conjunto de todos los colorados y
todos los blancos. Después del año cuatro Batlle y Ordóñez trasmitió
el poder a un sucesor indicado por él, para luego – transcurrido un
periodo de gobierno – retornar a la primera magistratura. Este
Batlle entrega el poder no a su sucesor, que salió tercero en la
corrida electoral, sino al adversario de su partido y del otro
partido tradicional. Quizás estas imágenes sirvan para ejemplificar
cuánto ha cambiado este año que se va.
El tercer Batlle, Luis Batlle Berres, pasó el fin de año de su
último gobierno en la transición histórica hacia el primer gobierno
blanco elegido por las urnas en el Uruguay moderno, el cuarto
gobierno blanco de toda la historia, y el primero en 93 años. No lo
hizo como presidente de la República, cargo que no existía, sino
como líder de la fracción que ejercía la mayoría del Consejo
Nacional de Gobierno. El padre tuvo el peso de dejar el gobierno al
adversario tradicional, todavía claro adversario y en competencia
abierta. El hijo tiene el peso de dejar el gobierno al nuevo
adversario, ahora adversario de ambas colectividades tradicionales.
En países moderados, relativamente predecibles, gradualistas, los
cambios históricos tienen el efecto de rebarajar muchas cosas y
dejar otras tantas. Nunca son lo tanto que los más idealistas
imaginan, ni tampoco el quietismo que algunos creen percibir. Donde
más efecto tienen los cambios históricos en estos países normalmente
es en las estructuras políticas y en los elencos políticos. Pero los
cambios históricos abren también grandes interrogantes, ya que ni el
Frente Amplio se impuso sobre los partidos por una diferencia
abismal ni por unos pocos votos, ya que fue de seis puntos
porcentuales sobre votos válidos. La primera interrogante es qué
pasa con esta fuerza política al afrontar los desafíos de un
gobierno y las expectativas de la población. Las otras dos grandes
interrogantes en cuanto al sistema político tienen que ver con el
destino de uno y otro partido tradicional.
El Batlle que termina su labor ha tenido un periodo que no pasará
inadvertido en ninguna crónica. Claramente hay tres periodos, con
sus subperiodos, que pueden dividirse perfectamente en años civiles:
el 2000-2001, el 2002 y el 2003-2004. El primer periodo tiene a su
vez dos subperiodos. El primero corresponde al tiempo exultante, a
un presidente en la cúspide de su popularidad, tiempo más pródigo en
impactos verbales que en realizaciones. El segundo subperiodo es
cuando despunta el desencanto, cuando las reformas esperadas por sus
seguidores no solo no llegan, sino que tampoco se promueven; y
además cuando sobrevienen las malas noticias, la más fuerte de
todas, la aftosa. El 2002 es el tiempo intermedio del gobierno y el
más duro. Se caracteriza por el vendaval argentino que se lleva toda
la estabilidad monetaria, la estabilidad bancaria, el equipo
económico, la libre disposición de los depósitos en los bancos
estatales y los privados en bancarrota, y se lleva también la
coalición de gobierno. De estos dos tramos el presidente de la
República puede exhibir dos grandes resultados: la labor de la
Comisión para la Paz (que culmina un poco después) y los 1.500
millones de dólares que impiden que el país entre en el abismo
(dinero otorgado por el FMI gracias a la presión de Estados Unidos y
al crédito puente otorgado por éste).
El tercer periodo es el de la recuperación: de la economía, del
empleo y de la imagen presidencial. No le bastaron para mantener la
nave política a flote. Ya que lo último que se llevó la crisis es al
Partido Colorado. Habrá que estudiar detenidamente muchas cosas:
cuánto influyó en el magro resultado del Partido Colorado los
efectos económicos y sociales de este gobierno, cuánto las formas de
hacer política que resultaron más crudas cuanto peores aparecían los
indicadores de opinión pública, y cuánto los errores en los
procedimientos y las soluciones en materia de candidaturas
presidenciales.
El cierre del año plantea una pregunta. Una ventaja de seis puntos
porcentuales como obtuvo la izquierda sobre los partidos
tradicionales en bloque, o de tan solo cuatro puntos sobre el
conjunto de los partidos, implica que en realidad la ventaja fue de
un swing de tres y dos puntos respectivamente. En otras palabras, el
cambio de bando de tres puntos entre izquierda y tradicionales
provocaba un equilibrio, y lo mismo un cambio de dos puntos entre
izquierda y el resto de los partidos. Por otro lado se observa ese
determinismo estadístico que marca que desde 1966 a la fecha los
partidos tradicionales en conjunto perdieron sistemáticamente peso
electoral, elección tras elección, sin una sola excepción. Con ambos
elementos a la vista viene la pregunta: ¿la izquierda hubiese
obtenido ganado, al menos con esta magnitud, sin el desbarranque del
2002? ¿o este fue un año de consecuencias electoralmente neutras?
Son preguntas sin respuesta, pues no hay forma alguna,
científicamente hablando, de responderla. Las otras interrogantes,
las abiertas, las contestará el tiempo por venir, que como todo por
venir, está siempre lleno de esperanzas e incertidumbres.
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