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El
2005 fue un año difícil para la oposición. Porque los partidos
tradicionales sufrieron un sacudón electoral que los descolocó, el
gobierno exhibió hasta pocas semanas atrás una acción parlamentaria
monolítica y sin fisuras, porque las fisuras en el oficialismo se
trasladaron hacia fuera de la institución parlamentaria y porque el
juego corporativo tuvo más protagonismo que el juego político.
Además, no hubo funcionamiento parlamentario real, si por tal se
entiende verdadero debate, donde cada uno dice su verdad y confronta
con la del otro; hubo discursos de la oposición y manos levantadas
del gobierno.El 21 de octubre de 2004 a los partidos tradicionales
los sacó de encuadre y los obliga a la todavía no iniciada reflexión
profunda sobre su razón de ser, el repensarse a si mismo, sobre
cuáles son los motivos fundamentales para pedir la convocatoria de
la ciudadanía. Lo que se ha visto es una temprana preocupación por
las elecciones del 2009 y consecuentemente con la candidatura
presidencial, porque desde hace unos años parece que para el elenco
político hay una sola candidatura para un único cargo nacional: la
presidencia, y a lo sumo otra candidatura en cada departamento por
la intendencia municipal. Y se discute sobre nombres, candidaturas y
liderazgos. Discuten exactamente lo mismo y en la misma forma que
provocó el hastío de la ciudadanía, que se fue progresivamente
alejando de la misma, como para partiendo de un 90% de adhesión en
forma paulatina y sistemática llegaron a este aproximadamente
45-46%.
También un año difícil porque el recurso más utilizado para oponerse
al gobierno es confrontar la acción presente del oficialismo con sus
discursos pasados. Ante un tribunal de jueces académicos sobre cada
tema, en un juicio sobre coherencias e incoherencias, no cabe duda
que la oposición obtendría mención de honor y el gobierno un bochazo
constante. El tema es que la gente va por otro andarivel, no le
importa y más bien le molesta el "yo lo hice mejor que tú", el "tu
dices lo mismo que yo hice y tu criticaste". Uno diría que es peor,
el insistir por ese camino le recuerda a la gente el por qué se fue
alejando de los partidos tradicionales, que fue un proceso constante
de pérdida de confianza y credibilidad. Si la ciudadanía votó
masivamente en contra de la asociación de Ancap fue más por falta de
confianza en los gobernantes que impulsaron la medida, que por la
medida en sí; y eso lo demuestra el hecho de que si este presidente
le dice a la gente que hay que asociar Ancap con alguien, que eso es
necesario o conveniente, la gran mayoría del país lo va a seguir.
Sin embargo, a la oposición en 2006 se le abren algunas
oportunidades interesantes. Por supuesto que de nada sirven las
oportunidades si no se afrontan los propios problemas. Lo básico
sigue siendo la reflexión interior y profunda sobre sí mismo, sobre
su razón de ser y su destino, sobre qué se le ofrece al país, qué
modelo y qué convocatoria. Hay algunos tímidos intentos en ese
sentido, pero pocos y aislados. Debe ser una tarea asumida por todo
el Partido Nacional de un lado y por todo el Partido Colorado del
otro. Pero Vázquez ya no cuenta con el apoyo incondicional y
automático de sus legisladores, para todo momento y todo tema. No es
poca cosa en cuatro semanas sufrir la renuncia de unos de los
diputados más veteranos y el desacato abierto de un senador. Ese
senador desafiante más otro senador por naturaleza díscolo, poco
afín a la política de estructuras y disciplinas, con cultivo de la
mentalidad orejana, la mayoría senatorial es de gran fragilidad,
necesitada de ser regada momento a momento, caso a caso.
El gobierno electo caminó hacia la consensualidad y la
gobernabilidad, pero el gobierno instalado se movió en la
omnipotencia. Y la omnipotencia para ser efectiva necesita que el
poder responda.
Con el poder omnímodo en dudas y una oposición crispada, el costo
actual de obtener gobernabilidad es mucho más alto que un año atrás.
La sociedad ahora puede entender, como no lo hubiese entendido en el
verano de 2005, si la oposición se planta exigente ante
requerimientos de colaboración de un gobierno debilitado
internamente. Incluso puede llegar a ser un activo para la oposición
si el gobierno mantiene su mayoría parlamentaria monolítica pero a
cambio de fuertes concesiones hacia sectores radicales.
Pero además se resquebrajó el cuasi monolitismo de la sociedad, que
permitió una aprobación con pocos sobresaltos del presupuesto. La
reforma tributaria genera dudas y desconfianzas en importantes
sectores de la sociedad, fundamentalmente en los sectores medios y
medio altos, los más fuertes en formación de opinión, huérfanos de
apoyo en el oficialismo. También provoca dudas y temores la reforma
de la salud. Porque en el oficialismo hay sectores claramente
defensores de los marginados, los mismos sectores u otros defensores
de los asalariados privados y de los trabajadores informales, otros
grupos aparecen como grandes sostenedores de las multinacionales,
las inversiones extranjeras y las grandes empresas nacionales. En
cambio, el oficialismo no exhibe dirigentes o sectores que sean
visualizados como grandes defensores de los sectores medios, de los
profesionales, de los empresarios medianos y chicos, ni tampoco de
los desocupados sin sindicalización pero con hábitos y voluntad de
trabajo formal.
Son nichos que se le han abierto a la oposición, si la misma sabe
aprovecharla, si hay algún sector que logra posicionarse
efectivamente como el gran defensor de estos sectores. Y así como la
izquierda política creció articulada con el movimiento sindical y
otros movimientos sociales, a los partidos tradicionales les falta
articulación con los actores corporativos que pueden estar más
afines a su visión de país y de la sociedad.
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