En
materia de liderazgo político clásicamente se
manejan tres categorías. Una es la de aquellos que
logran un óptimo contacto con la gente, interpretan
sus deseos y demandas, y las interpretan a
cabalidad, son fieles exponentes del pensamiento
actual de la gente, y quedan sometidos a los
vaivenes de la propia gente; su mayor carencia es
que no conducen más allá del presente, no
trascienden el horizonte que la propia gente tiene y
no les indica un sendero no visualizado. En el otro
extremo están los visionarios, quizás los
precursores, aquéllos que ven muy lejos, más allá de
la línea en que el cielo se junta con la tierra,
prefiguran el mañana y el pasado mañana, saben lo
que quieren (como ser colectivo) y a dónde hay que
llegar; pero estos precursores se sitúan tan por
lejos de los hombres y mujeres de carne y hueso, que
no logran conducir, porque no logran tener
multitudes detrás suyo, sino a lo sumo un puñado de
fieles que admiran sus virtudes. En el medio están
los conductores propiamente dicho, los que
interpretan a la gente, entienden sus demandas, pero
logran conectar con ella que hay que ir mucho más
allá del presente, hay que buscar un horizonte más
lejano, pero lo hacen tendiendo un puente entre el
presente y el futuro, además marcan el camino por
donde transitar. Los primeros son los referentes,
los segundos los precursores, los terceros los
verdaderos líderes, los que lideran porque conducen,
los conductores.
Esta distinción no es un puro ejercicio académico
telúrico, para deleite de ateneístas diletantes,
sino que es una clasificación necesaria para
interpretar el juego político. En Uruguay – para
hablar de figuras que no son hoy actores electorales
– se dan con claridad esos tres tipos: Tabaré
Vázquez es un claro referente, Jorge Batlle un
indudable precursor, José Batlle y Ordóñez fue un
conductor. Liber Seregni fue cada una de las cosas
en un momento diferente: un referente en el periodo
de construcción del Frente Amplio, un conductor
desde la cárcel hasta lograr la inserción del Frente
Amplio en el sistema político (paso que se da con la
participación en los entes autónomos y servicios
descentralizados en 1985), luego se desliza hasta su
esta final como precursor.
Para ejercer la conducción, el liderazgo en el
sentido descrito, se requiere por un lado del
conductor, del hombre adecuado para la función, y de
la herramienta necesaria: el partido político, un
partido político estructurado, sólido, que no sea
meramente una maquinaria electoral. Y como
combinación de ambos elementos, la necesidad de que
ese liderazgo está consolidado, al menos consolidado
por un tiempo prolongado. Si un liderazgo debe
revalidar su papel elección tras elección, si en
cada instancia electoral puede ser cuestionado por
desafiantes internos, carece del ambiente necesario
para ser un conductor, porque no puede marcar un
camino si cada paso que da hacia el futuro puede
estar sometido a la controversia, a la contestación.
Esto no quiere decir que un líder para poder
conducir no debe tener rivales ni desafiantes, sino
que los rivales y los desafiantes no deben tener ni
la talla ni la oportunidad.
Un líder en situación de jaqueo no está en
condiciones de hacer jugadas arriesgadas, salvo que
tenga una convicción absoluta en el objetivo
perseguido y esté dispuesto arriesgar todo y aún
inmolarse en procura del objetivo. También un
liderazgo consolidado requiere un partido sólido,
dispuesto a actuar monolíticamente, a absorber las
diferencias y matices para dirimirlas en el momento
oportuno, sin que obstaculicen políticas de largo
aliento y la búsqueda de objetivos de largo plazo.
La existencia de estos liderazgos consolidados y
de estos partidos monolíticos es prerrequisito
indispensable para que los diferentes partidos
políticos puedan acordar entre sí y llevar adelante
políticas de Estado. Partidos monolíticos no quiere
decir sin corrientes, sectores o fracciones, sino
con corrientes que sepan cuál es el momento y el
lugar para exhibir diferencias y cuál el momento y
el lugar para alinearse detrás del liderazgo
partidario. Porque llevar adelante políticas de
Estado quiere decir llevar adelante políticas de
síntesis, donde todos los sectores del país se ven
reflejados en una parte sustancial de su pensamiento
y sus intereses, pero donde todos, sin excepción
alguna, deben dejar prendas por el camino y hasta
tragarse más de uno que otro sapo.
No es del todo claro si hay a nivel de la
sociedad un reclamo de políticas de Estado, porque
muchas veces el reclamo consiste en pedir que el
otro apoye incondicionalmente lo que uno quiere. Lo
cual no es ni síntesis ni acuerdo, sino intento de
que uno se imponga y el otro claudique. Lo que es
claro que los analistas más lúcidos (de la política,
la economía, la diplomacia, la historia, del
pensamiento nacional) están convencidos que hay un
conjunto de temas que solo son encarables mediante
políticas de Estado y que no hay solución alguna, ni
camino viable, sin políticas de Estado. Y se puede
decir que eso es así, guste o no guste. Es una
imposición de la realidad, determinada entre otras
cosas por el tamaño y la ubicación del país.
Políticas de Estado quiere decir dos cosas
interrelacionadas. Por un lado políticas de
continuidad, es decir, políticas sostenidas a lo
largo del tiempo y que en sus líneas maestra no
cambien al compás de los gobiernos, de las
variaciones electorales ni de las oscilaciones de la
opinión pública. Por otro lado quiere decir
políticas de entendimiento nacional, del grueso del
país, de la sociedad, en primer lugar del sistema
político, pero no solo del sistema político, sino
también de los principales actores corporativos. Del
poder político, del social, del económico y del
espiritual. Y esas políticas de continuidad son
tales en la medida en que estén soportadas en
políticas de entendimiento macro. En el comienzo de
la campaña electoral interpartidaria surgen algunos
esbozos de camino hacia políticas de Estado. Hace
cuatro años y medio, al instalarse este gobierno, se
intentaron políticas se Estado y se redactaron
documentos en tres áreas, y los documentos quedaron
ahí, frustrados con la tinta fresca. Habrá que ver
cuánto esfuerzo se pone ahora de parte de unos y
otros para arribar a reales y concretas políticas de
continuidad y entendimiento.