
Finalmente el Frente Amplio va
camino de oficializar y generalizar el sistema
tradicionalmente aplicado por los partidos
tradicionales, de distribuir los cargos políticos
por cuota, en forma relativamente proporcional a los
votos o a las bancas obtenidas por las distintas
corrientes partidarias. Viene de la línea contraria,
aplicada por Vázquez en la Intendencia de Montevideo
y luego en la Presidencia de la República, por Arana
en sus dos gestiones municipales capitalinas y en el
periodo que fenece por gobernantes departamentales
como Ehrlich (Montevideo), Carámbula (Canelones) y
de los Santos (Maldonado). En ninguno de estos casos
se aplicó la cuotificación, en base a que hay que
llevar a los cargos a las personas más capaces; la
consecuencia, y aquí viene la reacción, que el
elegir personas sin presuntamente atender a su
filiación generó situaciones como en la primera
etapa de este gobierno, en que la Alianza
Progresista contó en el gabinete con tres miembros
con un senador, el socialismo tuvo cuatro miembros
con dos senadores y el Movimiento de Participación
Popular, dos ministros con seis senadores (debió
contar con 18 miembros en el gabinete para tener
igual proporción que la Alianza Progresista y 12
miembros para equipararse a los socialistas). En
otros lados la desproporción tuvo otros signos
ideológicos, otros beneficiarios (como el MPP en la
Intendencia de Montevideo) y otros perjudicados. Y
en todos lados la misma comprobación: a los cargos
fueron los mejores, los buenos aunque no mejores y
los ineficientes. Hubo de todo, como en botica, o
como si se hubiese cuotificado. Por eso, esta
reacción en favor de la cuotificación.
El reparto de cargos en
función del peso electoral o parlamentario de cada
uno atiene a varios supuestos concurrentes. El
primero de ellos es considerar que en un gobierno o
en las diferentes administraciones debe estar
representado el espectro político que compone el
gobierno, ya sean las diferentes corrientes del
partido de gobierno, ya sean los diversos partidos y
sectores de la coalición de gobierno, y esa
representación corresponder al peso electoral o
parlamentario de cada uno (lo que en Uruguay, por la
proporcionalidad pura en la elección del Parlamento,
la opción por tomar como base los votos o las bancas
presenta pocas diferencias). Es que cuando se dice
que vaya a cada cargo el más capaz, lo primero que
surge es cómo se mide la mayor capacidad, porque
puede ser por su conocimiento técnico, por su
capacidad política estratégica, por sus condiciones
para el diálogo y la negociación política, o por su
eficiencia comunicacional y de relacionamiento con
la ciudadanía.
Ese es un primer problema, no
demasiado diferente a cuando se llama a un concurso
universitario o se hace selección de personal en una
empresa, la necesidad de definir primero el perfil
requerido del candidato ideal. Lo segundo que la
persona que más encaje en ese perfil, puede ser de
ideas diametralmente opuestas al del partido o la
coalición de gobierno, como pretender que Ignacio de
Posadas conduzca las relaciones exteriores en un
gobierno de Mujica o que Gargano lo hiciere en un
gobierno de Lacalle. Entonces, ya no se busca al más
capaz, en el sentido de la persona que responda
mejor al perfil ideal, sino la que más responda a
ese perfil entre quienes comulgan con las ideas y la
línea política del partido o de la coalición de
gobierno. Pero si se va más adentro, no es lo mismo
que en un gobierno frenteamplista todos los
ministros sean de extracción tupamara, comunista o
marxista-leninista, con exclusión de socialistas no
marxistas, socialdemócratas y socialcristianos, a
que un gobierno frenteamplista cuente con todos los
ministros socialistas no marxistas, socialdemócratas
y socialcristianos) y ninguno de origen tupamaro,
comunista o socialista marxista. En un caso el
gobierno queda inclinado hacia un lado, en otro caso
queda inclinado hacia el otro, y si hay un reparto
por cuota matemática, hay un equilibrio acorde a los
apoyos electorales y parlamentarios. Además es muy
obvio que no es lo mismo poner como conductor de la
economía a Fernando Lorenzo que poner a Daniel
Olesker. Elegir por uno o por otro no es solo
decidir quién es el más capaz, sino qué orientación
económica, qué línea de política económica, seguirá
el gobierno.
Si esto parece tan claro, por
qué existe ese rechazo ético a la cuotificación, por
qué tiene tanto apoyo popular el rechazo al cuoteo.
La razón es muy clara. Porque la cuotificación fue
usada no solo como elemento de equilibrio político e
ideológico, sino además como reparto del premio
mayor para que cada sector premiase a su gente,
muchas veces con absoluta independencia de su
capacidad para los cargos. La necesidad de premiar -
de justo premio - a quienes pelearon y se
sacrificaron por un sector, un partido o una
candidatura, desean dedicarse en plenitud a la
política, y la no obtención de cargos electivo los
deja fuera del camino. Entonces, la designación en
cargos de gobierno o administración les permite
continuar la carrera política. A ello se agrega un
segundo factor de rechazo: la llegada al poder de
esas personas por su capacidad de cosechar votos
(los juntavotos) se asocia con la aplicación de
políticas clientelísticas: la creación de empleos,
la generación de contratos o el otorgamiento de
concesiones para distribuir o premiar a los adeptos,
el vuelvo de recursos del organismo en obras
genuinas pero concentradas en la zona de base
electoral del jerarca, la concentración de
publicidad en medios de comunicación que fomenten o
respondan a su base electoral. Por aquí viene el
rechazo a la cuotificación, es decir, porque se ha
empleado en demasía para designar personas de baja o
nula capacidad y porque los jerarcas así designados
se han preocupado más del clientelismo (o de tomar
el organismo como plataforma de su carrera política)
que por la obra en si mismo que deberían realizar.
Entonces, el problema es
equilibrar el criterio de la cuotificación electoral
- con sus efectos de equilibrio político de gobierno
y de administración - con la aplicación de
cuidadosas normas de selección que aseguren la
capacidad de los jerarcas (técnica, política,
estratégica, de relacionamiento con la ciudadanía).