
Lo normal es que un gobierno,
los gobernantes, sientan que son una etapa en un
largo proceso histórico, cuya función primordial es
mantener derecho el timón o girarlo un poco más
hacia la derecha o un poco más a la izquierda,
apretar el acelerador o disminuir la velocidad. Eso
es lo que ocurre aún en periodos realmente
innovadores como fueron el pasaje de los Estados
Unidos de fuerte librecambio al New Deal o la Europa
del capitalismo abierto al welfare state. Ese es un
modelo. El otro es cuando todo un sistema político o
solamente la parte que constituye el gobierno
(normalmente la mayoría) busca producir un corte en
términos históricos, no meramente un giro aunque
fuere bastante pronunciado. Es lo que se denomina
una refundación. La cual se expresa no solo en
cambios estructurales trascendentes en la
arquitectura política de un país, sino también el
procesar cambios simbólicos que apunten a esa
refundación. Lo fundamental es: nada tiene que ser
igual a lo que venía.
En Uruguay hubo varias etapas
de giros significativos: el periodo terrista con su
gran impulso corporativista y estatista; el periodo
del segundo batllismo que significó la extensión del
welfare state, la ampliación del papel del Estado en
la economía y la búsqueda de la autarquía económica;
la sucesión de medidas de
Sanguinetti-Lacalle-Sanguinetti que conducen a una
reducción del papel del Estado y la apertura de la
economía. Como esta lista no es exhaustiva, cabe
agregar otros periodos y otros giros. En cambio, la
etapa que va esencialmente de 1910 a 1925, desde la
Ley del Doble Voto Simultáneo a las leyes madre en
materia cívico-electoral, con la Constitución de
1918 en el medio, constituyen un tiempo
refundacional. Es la creación del Estado moderno.
Hay un antes y un después, las cosas no son iguales,
guste o no guste. Se construye así lo que el
historiador Hobsbawn califica como “quizás la única
democracia real de América”
Ese fue un periodo clara e inequívocamente
refundacional: es el pasaje del país que dirime el
disenso mediante las armas al que lo hace por la
competencia política en civilidad; es el país que
introduce el divorcio, elimina los crucifijos de
hospitales, escuelas y oficinas públicas, separa la
Iglesia del Estado; el que delínea una compleja y
sofisticada ingeniería política y electoral; es el
país en que la inmigración europea impacta en un
fuerte cambio en la cultura, el idioma, la
arquitectura, la gastronomía y el ser nacional. Eso,
política y socialmente es un tiempo refundacional.
Guste a unos y disguste a otros, que es otro tema.
Sin ninguna duda fue
refundacional la Revolución Cubana, que cambió
radicalmente a Cuba. Y es un intento refundacional
los que realizan, con sentidos y fundamentaciones
muy diferentes, Hugo Chávez en Venezuela y Evo
Morales en Bolivia. Uno trata de construir un nuevo
tipo de socialismo, cuyo diseño final no se atisba
con claridad, ni tampoco sus fundamentos teóricos.
El otro trata de construir una nueva sociedad,
buceando en las raíces indígenas, que son la mayoría
de la población, en un proyecto contradictorio entre
la apuesta a la modernización y el entronque con lo
más atávico. Lo que no cabe duda en uno u otro caso
es que ninguno apuesta a ser un giro dentro de una
continuidad histórica.
El Frente Amplio bajo la
conducción de Liber Seregni, con absoluta claridad a
partir de 1982, busca un fuerte cambio en el país a
partir de asegurar la continuidad histórica. Porque
algo que no debe olvidarse, es que aquél Frente
Amplio se sintió heredero no solo de las tradiciones
marxistas y socialcristianas, sino en palabras del
general, de las mejores tradicionales del batllismo
y de lo blanco. De los documentos y discursos de la
etapa fundacional del Frente Amplio y de la
siguiente, la de inserción en el sistema político,
se desprende que el momento en que consideran que
los partidos históricos abandonan o traicionan sus
tradiciones es circa 1955, o en el lapso que va
desde entonces hasta 1968. Por tanto, ese Frente
Amplio no pretendió rupturas históricas, sino
cambios en la continuidad histórica.
Después vino la izquierda que
comenzó a hablar de 150 años en que blancos y
colorados destruyeron al país, concepto difícil de
entender porque supondría que estas tierras fueron
un edén allá por los años de 1830 ó 1840, y en
cambio, estaban en plena decadencia y destrucción
cuando arribaron las oleadas migratorias, los
abuelos y bisabuelos de los tres cuartos de los
uruguayos. Pero sobretodo vino el afán refundacional
que impulsó Tabaré Vázquez más en el plano de lo
simbólico que en lo fáctico, ya que tanto su
administración departamental como su gobierno
nacional fueron continuidades, giros, aceleraciones
o frenos en la larga línea histórica del país. Pero
en lo simbólico buscó que hubiese un antes y un
después. En el inventario de este fenómeno cabe
señalar: la eliminación del uso del escudo del
departamento de Montevideo y su sustitución por un
logotipo publicitario, la desaparición del “Con
libertad ni ofendo ni temo” por “Montevideo tu
casa”; la eliminación del uso del escudo nacional (y
la desaparición de los símbolos de la libertad, la
justicia, la abundancia, la fortaleza, la gloria y
la paz) por un nuevo emblema con un sol parecido al
nacional (pero no igual); la desaparición de la
expresión Poder Ejecutivo y su sustitución por
Presidencia de la República (institución inexistente
en el ordenamiento constitucional uruguayo); la
eliminación del nombre “Libertad” para el edificio
complementario del gobierno - nombre elegido por
Sanguinetti en acuerdo con Wilson Ferreira y Liber
Seregni - por el de “Torre Ejecutiva”; el cambio de
denominación de la Casa de Gobierno histórica de
“Edificio Independencia” por “Edificio José
Artigas”; el intento frustrado de traslado de los
restos del héroe nacional desde el actual mausoleo
hacia la Casa de Gobierno.
No cabe ninguna duda que eso
significa un intento refundacional, aunque opere
solamente en el plano simbólico y nada tenga que ver
con lo fáctico. La realidad no cambia. Pero lo
simbólico es muy importante; no es nada menor,
contra lo que muchas veces se cree, especialmente en
los años jóvenes. Entonces, al ser solo simbólico
pero no fáctico, no fue un impulso refundacional
sino un imaginario refundacional, un intento de que
aunque las cosas siguiesen su curso, la gente o la
historia registrase un antes y un después. Habrá que
ver qué pasa con el gobierno que viene, cuánto tiene
de continuidad y cuánto de cambio, cuánto de apuesta
a lo refundacional y cuánto de apuesta a la
continuidad histórica. Y especialmente, si en lo
simbólico mantiene estos cambios o vuelve a la
tradición seguida por el país durante no menos de un
siglo.