A
propósito de la participación de la oposición en los
entes autónomos ha surgido una discusión sobre cuál
es el sentido de tal participación, Conviene primero
ver los antecedentes institucionales de la
composición política. La misma se regula
constitucionalmente en la Carta de 1934 que dispone
que el nombramiento de los consejos o directorios
requiera venia de 19 senadores (id. en la reforma de
1942). En la Carta de 1952, con un Poder Ejecutivo
colegiado, se establece a texto expreso que 3
miembros serán designados por los consejeros
nacionales de Gobierno de la mayoría y 2 miembros
por los consejeros nacionales de la minoría (ó 4 y 3
en caso de ser directorios o consejos de 7
miembros). La Carta de 1967, nuevamente con un
presidente de la República al frente del Poder
Ejecutivo, estableció el requerimiento de venia
senatorial algo menor que lo anterior: 18 senadores,
pero con la posibilidad de que la misma se otorgase
por tan solo la mayoría absoluta luego de pasar
sesenta días desde el envío del mensaje. En término
simples, salvo situaciones de urgencia, la
designación de los directorios de entes autónomos y
descentralizados requiere la venia de 16 senadores,
es decir, del oficialismo, de la mayoría
parlamentaria que conforma el o respalda al
gobierno. Entonces, desde 1934 hasta 1967 rigió un
régimen de necesaria presencia de la oposición en
los directorios y desde 1967 hasta hoy esa presencia
no es obligatoria, y como no lo es, solo una vez
ocurrió.
Los antecedentes políticos
indican que desde que rige la Constitución de 1967
se han sucedido siete gobiernos constitucionales:
Gestido-Pacheco Areco, Borbaberry (periodo
constitucional de 16 meses), Sanguinetti, Lacalle,
Sanguinetti bis, Batlle Ibáñez y Vázquez. Solamente
en el tercero de ellos, el primero de Sanguinetti,
el de la restauración democrática, estuvo
representada la totalidad de la oposición en los
entes, aunque con una subrepresentación del Frente
Amplio, una sobrerrepresentación del Partido
Nacional y una sobrevaloración de la Unión Cívica
(medido en relación a la proporcionalidad
parlamentaria). La oposición estuvo ausente en los
gobiernos de Gestido-Pacheco, Borbaberry, Lacalle,
Sanguinetti bis, Batlle Ibáñez y Vázquez. Confunde
algo la presencia del segundo partido en los
gobiernos de Lacalle y Sanguinetti bis (el Colorado
en el primer caso y el Nacional en el segundo) y
hace pensar a algunos que estuvo representada “la
minoría”; sin embargo, en ambos casos los dos
partidos constituyeron el entendimiento o coalición
de gobierno y quedó excluida la oposición pura: el
Frente Amplio en ambos casos, el viejo Nuevo Espacio
(PGP-PDC-Unión Cívica) en el primero y el Partido
del Nuevo Espacio en el segundo. En el gobierno de
Batlle Ibáñez estuvieron representados el segundo y
el tercer partido, excluidos el primero (FA) y el
cuarto (Nuevo Espacio); entonces, no solo hubo
representación parcial y no total de la minoría,
sino que hubo exclusión de la mayoría. Los entes
estuvieron en manos de la coalición de gobierno y la
oposición estuvo fuera. En el gobierno de Vázquez la
totalidad de los cargos fueron para el oficialismo
(con la excepción de un cargo para el Partido
Independiente, que luego se le quita tras la muerte
del titular de la función).
Vistos estos largos
antecedentes, tanto formales como políticos, surge
con claridad la existencia de tres tiempos y tres
conceptos: directorios con presencia de la principal
oposición sin condicionamiento alguno, con la
función principal de ejercer el contralor sobre el
oficialismo; presencia excepcional de la totalidad
del sistema político en un periodo de reafirmación
de la institucional democrática; y presencia
exclusiva del oficialismo. Lo que se ensayó y
fracasó en 2005, lo que ahora se dialoga y negocia,
es volver a la presencia de la oposición. Pero no
queda claro para qué: si es para otorgarle poder de
contralor sobre el oficialismo (como surge de la
visión del nacionalismo) o es para contribuir a la
gobernabilidad (como se plantea desde el
oficialismo). Estas dos visones suponen que para
unos (actual oposición) lo esencial es la existencia
del contralor (y esa es la razón primordial de su
participación) y para otros (actual oficialismo) lo
esencial es la condición de otorgamiento de
gobernabilidad (y ese es el requisito previo para su
presencia en los entes). Queda claro que lo que se
pretende es gobernabilidad y no apoyo al gobierno (quelo
uno y lo otro son cosas diferentes), como sí lo
exigieron a título expreso tanto Lacalle como Batlle
Ibáñez.
Ahora bien ¿qué quiere decir
gobernabilidad? Cuando el Partido Colorado pidió
gobernabilidad al Frente Amplio en 1985, en realidad
lo que pedía era tolerancia parlamentaria pero
esencialmente (máxime en la versión del
vicepresidente Tarigo) paz social. Esto último ahora
no tiene sentido, pues los partidos tradicionales
carecen de dominio sobre organizaciones sociales,
como para que su gobernabilidad contribuya a o
dificulte la paz social.
Entonces, gobernabilidad
quiere decir en primer lugar voluntad de comprensión
recíproca y de diálogo, pero es de ida y vuelta: los
tres partidos opositores tienen que tratar de
entender al gobierno - que no quiere decir
necesariamente compartir lo que hace - y sus
fundamentos, y estar siempre abiertos al diálogo
para con él; pero el oficialismo tiene que tratar de
entender a la oposición y, en lo que sería un giro
de 180 grados a lo hecho por el Frente Amplio en el
lustro gubernativo que termina, tener voluntad de
diálogo hacia los tres partidos opositores. Voluntad
de diálogo quiere decir no solo expresión externa de
conversar, sino hacerlo con el propósito de llegar a
un entendimiento, y por encima de todo, no repetir
lo de hace exactamente cinco años, al cambiar las
condiciones de lo acordado o poner condiciones de
suyo inaceptables para la contraparte.
Gobernabilidad no es
necesariamente llevar adelante políticas de Estado,
pero si se llevan estas políticas la gobernabilidad
se asegura. El oficialismo expresó su voluntad de
buscar políticas de Estado en cuatro áreas:
educación, energía, medio ambiente, seguridad. Llama
poderosamente la atención que no se haya expresado
voluntad de explorar políticas de Estado en algo
esencial para un país pequeño, lejano, relativamente
aislado y con incertidumbre estratégica: política
exterior, inserción internacional del país.
Los difícil en el camino es
que blancos y coloradas aprendan a hacer oposición a
un gobierno frenteamplista (no lo supieron hacer en
estos cinco años) y que el Frente Amplio aprenda a
ser un gobierno dialogante y tolerante (tampoco lo
supo hacer en este lustro, en que mostró una actitud
excluyente y avasallante). Lograr la gobernabilidad
parece que en principio pasa para este mutuo
aprendizaje. Y ayudaría mucho a la gobernabilidad si
se lograran políticas de Estado en los cuatro temas
en diálogo, y ayudaría aemás a la gobernabilidad y
al posicionamiento del país, si se agregara la
necesaria política de Estado en materia de política
exterior.