El
1° de marzo de 2010 se realiza una transición
histórica del mando en el país: es la segunda vez
que un titular del Poder Ejecutivo entrega el mando
a otro titular del mismo partido, diferente al
Partido Colorado. En puridad, es la primera vez que
un presidente de la República no elegido por el
Partido Colorado entrega el mando a otro presidente
de la República que tampoco haya sido elegido por el
Partido Colorado. Lo más parecido, la primera
transición intrapartidaria no colorada, fue la del
primer colegiado blanco al segundo colegido blanco,
el 1° de marzo de 1963, hace casi cinco decenios.
Este hecho demuestra lo hegemónico que ha sido el
coloradismo en la vida del país, para que un hecho
como éste resulte tan excepcional en 180 años de
vida del país como república constituida.
Tan significativo como este
acontecimiento histórico, es el conjunto de desafíos
que deberá enfrentar el nuevo presidente de la
República, por su pasado y por su presente. Pero
también por el Frente Amplio y por lo que implica de
cambio y de continuidad con el gobierno que se va.
Para empezar por esto último, en octubre y noviembre
del año pasado la ciudadanía reeligió al Frente
Amplio en el gobierno, al otorgarle la Presidencia
de la República y la mayoría absoluta en ambas
cámaras del Parlamento. Esto quiere decir que hay un
importante grado de conformidad con la labor
realizada por el gobierno. Por otro lado esa
reelección partidaria se produce con pérdida
porcentual de votos y, consecuentemente - en un país
de voto conjunto y proporcionalidad pura - la
pérdida de bancas parlamentarias, exactamente de dos
escaños en la rama baja. Esto otro quiere decir que
hay segmentos de disconformidad con lo hecho por el
gobierno (lo que despeja cualquier duda si la
disconformidad es con el gobierno o con las
candidaturas, es que la pérdida de intención de voto
se registra desde mediados de 2007, cuando se
promedia la acción de gobierno, y no cuando se
acerca el tiempo electoral).
Hay dos segmentos diferentes
de la sociedad que apuestan a la continuidad, al
reforzamiento y hasta la profundización de lo hecho
por el primer gobierno frenteamplista, el
capitaneado por Tabaré Vázquez. Uno es el abanico de
sectores favorecidos por el variopinto conjunto de
políticas con énfasis social, en el que hay que
diferenciar dos grupos claros: uno es el de los
sectores más pobres, más carenciados, directos
beneficiarios de distintas políticas sociales
globales y otras sectoriales dirigidas a la mujer, a
las mujeres cabeza de familia monoparentales, a los
menores, a los discapacitados; el otro es el
conjunto de los asalariados, o la masa de la gran
mayoría de asalariados, beneficiarios de un fuerte
incremento de los ingresos reales, de estabilidad en
el trabajo y de protección estatal-sindical. El otro
es el grupo, numéricamente pequeño en cuanto a
personas, extraordinariamente poderoso en cuanto a
economía, constituido por las grandes empresas y en
particular por los grandes inversores, sobre todo
extranjeros o con capitales provenientes de o
relacionados con el exterior, enormemente
favorecidos por este gobierno por el conjunto de sus
políticas y por el tratamiento tributario en
particular. En todos estos casos tiene el desafío de
la continuidad. La voluntad política existe y la
decisión también.
La disconformidad presenta dos
temas, cuyos disconformes no necesariamente son
opuestos, pero mayoritariamente responden a
segmentos distintos: uno es la seguridad pública,
que afecta primordialmente a quienes están situados
de la mitad para abajo de los niveles sociales; el
otro es el tratamiento dado a la llamada clase
media, al segmento de emprenderos pujantes,
profesionales o de alta capcitación, o de riesgo, no
corporativizada, sin sentido de clase, cuya voz se
expresa de tanto en tanto, como en las elecciones, y
le hizo perder al Frente Amplio cinco bancas de
diputado (el FA perdió tan solo dos, porque tres de
las perdidas en la clase media las recuperó en los
niveles bajos). Lo primero, la seguridad, se
enfrenta con muchas medidas, pero necesariamente con
más gasto. Lo segundo, si se lo quiere contemplar
-sobre lo cual no hay claras señales- implica que
por ahí no deben buscarse más recursos. Y hay dos
debes que la sociedad marca aunque no ha castigado
por ello: vivienda, especialmente popular (que
implica más gasto), y mejoramiento sustancial de la
educación pública, especialmente de secundaria, de
los liceos, que requiere verdadera voluntad de hacer
reformas sustanciales y embestir contra muchos
intereses creados.
Salvo en relación a la clase
media, el gobierno tiene diagnósticos claros y
voluntad política. El problema es otro: en materia
de economía, más un país lejano y pequeño, no es
dueño ni de todas ni de la mayoría de las
decisiones. No se sabe de la existencia ni en el
nivel político ni en el nivel de conducción
económica de la existencia de planes alternativos
(de los famosos plan B), si el crecimiento económico
sigue bajando, baja mucho o se anula, y más aún si
en lugar de crecimiento llegase a haber
decrecimiento. Lo que hay es la más absoluta
confianza en que ese fenómeno no va a ocurrir, lo
cual es muy probable. Pero un gobierno previsor,
como un ejército previsor, realiza planes para toda
contingencia imaginable, máxime si tiene
probabilidades de ocurrir aunque no fuesen las
mayores. Porque la acentuación de las políticas
sociales, la continuidad del mejoramiento del
salario real, mayor seguridad ciudadana y vivienda,
requiere aumentar el gasto, no solo mantenerlo. Aquí
hay un desafío que enfrentarlo va más allá de los
deseos y la voluntad política.
Otro conjunto de desafíos
importantes implica tener el coraje y la decisión de
enfrentar muchos corporativismos, sin lo cual no hay
ni verdadera reforma de la administración central
(que en términos pomposos y no correctos se llama
“reforma del Estado”) ni tampoco habrá reforma de la
educación. Pero enfrentar los corporativismos
implica por un lado enfrentar colectivos laborales y
sindicales, pero también saber cuidarse de los
empalagosos halagos del gran empresariado
oficialista, que ha sabido rodear muy bien al nuevo
gobierno ¿Qué quiere decir empresariado oficialista?
Es el empresariado que en puridad no es blanco, ni
colorado, ni frenteamplista, sino que es
oficialista, que está siempre con el gobierno,
independientemente de quien esté en él, porque
considera que no tiene la culpa que la gente cambie
de personas y de partidos. Lo importante es estar
cerca del gobierno y beneficiarse del mismo. La
historia enseña que no hay nadie más vulnerable a
algo que quien fue su enemigo y deja de serlo,
porque puede adquirir la fe de los nuevos conversos.