
Hace algo más de 10 años,
producto de la rotación en las presidencias de
comisiones, correspondió elegir a Eleuterio
Fernández Huidobro como presidente de la comisión de
Defensa Nacional del Senado. No ocurrió, porque los
partidos tradicionales -a impulsos del Foro
Batllista - quebraron el acuerdo por entender
imposible elegir a un tupamaro para dicho cargo. Lo
inimaginable entonces ocurrió corregido y aumentado:
un tupamaro asume la Presidencia de la República,
otro el Ministerio del Interior y un tercero el de
Defensa Nacional, y cada uno recibe los homenajes de
las Fuerzas Armadas y policiales, o de una, o de
otra. El 1° y 2 de marzo se vivió algo que puede
calificarse de surrealista. Pero también implicaron
tres cosas más: la primera vez que un presidente de
la República no colorado entrega la banda
presidencial a otra persona que tampoco es colorada;
el fin del tiempo de Tabaré y el inicio del tiempo
del Pepe (para seguir esta costumbre medieval de que
las personas solo tienen un nombre de pila, o un
sobrenombre, y carecen de apellido y gentilicio)
Surgen en torno a una docena
de impactos primarios del conjunto de ceremonias de
esos dos días, que no son ni todos ni quizás todos
los más importantes En primer lugar, la enorme
dificultad que tuvo Vázquez para salir de escena;
desde una larga sucesión de despedidas -que incluyó
una ceremonia en la Plaza Independencia con arrío de
bandera- hasta el paseo por el estrado de la Plaza
Independencia con saludos a diestra y siniestra,
cuando ya había entregado el mando. La tradición
indica que el presidente saliente entrega el mando,
dice algunas palabras improvisadas y relativamente
informales, y se diluye entre las sombras, porque
las luces ahora apuntan hacia su sucesor. Esta vez
fue un dato en sí mismo la dificultad interior del
presidente saliente en aceptar que le tocaba salir
de escena.
Tres elementos cabe resaltar
en relación a la estética de los actos (el discurso
ante la Asamblea General y el discurso y la
escenografía en la Plaza Independencia) y su
contrastación con la de cinco años atrás,
especialmente con el discurso de Vázquez con banda
presidencial en la escalinata del palacio
Legislativo. Para contrastar los discursos y las
escenografías populares, lo de ahora fue un estrado
con varios protagonistas y poca altura, frente a
mandatarios y enviados extranjeros, ex presidentes
uruguayos, dirigentes políticos de todos los
partidos. Cinco años atrás en la escalinata el nuevo
presidente estaba en lo más alto, solitario,
iluminado desde abajo por grandes reflectores; bien
abajo y bien distante, sobre la calle, la dirigencia
del Frente Amplio o de movimientos sociales de
izquierda (solo ella) y la gente, el pueblo. Surge
la contrastación entre una estética republicana de
hoy y una estática mayestático-imperial de ayer,
esta última con una escenografía salida de los actos
políticos de la Europa de los años treinta. Pero
además, los dos discursos de Mujica impactaron por
la formidable fuerza que emerge de la sencillez, de
un personaje que siente su fuerza per se, sin
necesitar estar ni en la altura ni en la lejanía. El
tono y la estética general entroncan más por un lado
con la tradición más clara del país, y por otro con
mayor exactitud aún en la tradición de la izquierda
uruguaya.
El contenido de los mensajes
del presidente constituyeron otro punto sustancial:
la búsqueda de la continuidad histórica como
sociedad, respecto al pasado y como proyección hacia
el futuro; continuidad histórica como contraposición
al concepto de refundación que marcó la tónica del
gobierno que se fue. Quizás refundacional, o más
exactamente, refortalecimiento de viejas
fundaciones, al decir que comienza un tiempo de 30
años, no de Mujica, no del Frente Amplio, sino de un
proyecto de país elaborado entre todos. Y aquí viene
otro elemento sustancial que es la búsqueda del
consenso. En Mujica aparece redivido, aunque no haya
sido su inspiración, aunque sean dos personajes de
poca empatía recíproca, con el pensamiento del
general Seregni. En su última etapa en la cárcel, el
general concibe la concertación no solo como una
forma de salida de la dictadura y de transición
hacia la restauración democrática, sino como la base
de un gran proyecto de país, al estilo del gran
pacto político-social celebrado en Suecia en la
segunda mitad de los años treinta, que supuso la
piedra fundamental de su sostenido crecimiento. Poco
fue entendido Seregni, por propios y ajenos. Es
posible que haya sido una idea prematura, profética,
que pueda cristalizar en este tiempo, un cuarto
siglo después.
Hay otros elementos no
menores, de Mujica y de otros. Del presidente, una
velada y esperada sutil autocrítica al camino
transitado en el pasado y la fuerte reafirmación de
la importancia de la legitimidad del voto, del
electo como depositario de una voluntad popular y
del gobernante como mandatario, como persona que
recibe un mandato del pueblo. Del gobierno de
Estados Unidos, la señal de apoyo dada con la
presencia de la tercera (o quizás segunda) figura
del gobierno de Washington, ya que se sabe que no va
a estar a este nivel la representación en otras
trasmisiones del mando. Y para un presidente
entrante considerado amigo personal de Hugo Chávez,
nada menor es la presencia de Alvaro Uribe, que
marca la confianza de Colombia en el mantenimiento
por parte de Uruguay de una línea regional
equidistante entre los extremos, con voluntad de
mitigar conflictos y acercar a las partes.
Por último, los desafines. A
la prolijidad del lunes 1° se suceden algunas
desprolijidades del martes 2. Para empezar, la
desprolijidades de forma, que no es baladí que
existan: el ministro que debe asumir primero es el
del Interior, porque es el depositario del gobierno,
y es él quien da posesión a los demás secretarios de
Estado, no el presidente. Pero además el presidente
se expuso a lo que ocurrió, al querer improvisar la
friolera de 13 discursos con la búsqueda de 13
titulares o consignas. Y allí ocurrió lo que debe
ocurrir cuando las cosas se hacen así, máxime con un
personaje con vocación de hablar demasiado y de
pensar en voz alta. Un presidente no puede pensar en
voz alta, cuando habla es la conclusión de una
decisión, el marcar un rumbo definido, el comunicar
una decisión tomada, o si no, cuando es realmente
convocar a pensar, demostrar que es así: que no se
plantean certezas sino dudas, que se muestran
caminos alternativos, que se convoca a construir
proyectos. Lo que no puede es exhibir como certeza
lo que es la improvisación de una duda. Esta
práctica fue uno de los puntos más débiles de un no
muy lejano titular de la banda presidencial; la
prudencia aconseja no repetir la experiencia.