
A través de su selección nacional
de fútbol, con su ubicación entre los cuatro mejores
del mundo, Uruguay ya obtuvo como país un formidable
éxito de proyección internacional, de conocimiento
del país en el globo. No es poco el haber estado en
esta última semana en la tapa de los diarios de más
de 150 países (según cómputos obtenidos por
internet), empezando por los países de mayores pesos
económico, político y comercial; mencionado en la
mayoría de los casos en forma positiva (por sus
triunfos), en otros casos en forma enojada (también
por sus éxitos sobre Sudáfrica y simbólica sobre
toda la Africa Subsahariana) y en otros en forma
negativa (por el grave error de las terna arbitral
compatriota contra Inglaterra). Sin exageración
alguna: en cuanto a imponer la “marca país”, el
“Made in Uruguay”, en pocos días se logró más que
todo lo hecho y por hacer por el instituto de
promoción comercial Uruguay XXI, por la fatigosa
labor de las cámaras de comercio y de las misiones
comerciales estatales y privadas, y por la
diplomacia oficial.
Los campeonatos mundiales de
fútbol son una competencia de poder entre las
naciones que se juegan en el plano de lo simbólico y
a cuyo éxito apuestan desde los países más poderosos
hasta los regímenes que a través de los éxitos
deportivos pretenden trasladar la imagen de éxito de
sistema. Por eso los grandes líderes mundiales
apoyan a sus representantes nacionales en las
competencias deportivas, y en particular en la del
deporte más popular de La Tierra, sin medir costos
económicos, en el entendido que no es dinero
malgastado sino inversiones de seguro rendimiento.
No es por derrochadora e irresponsable que la jefa
del gobierno alemán Angela Merkel fue con una
extensa delegación oficial, en jet exclusivo del
Estado, tan solo a estar con su selección en el
pasaje a las semifinales Son las formas sutiles de
diplomacia y de promoción de país ante la que no
dudan los grandes estadistas, los que tienen una
fina comprensión de cómo se mueve el mundo, los que
ven más allá de la comarca[1]
Si esto es importante para los países del G8 y del
G20, es esencial para un país -que cabe insistir- es
pequeño y lejano, que debe pelear en todo momento y
sin descanso su lugar en el orbe.
Muchos académicos uruguayos
comienzan sus presentaciones internacionales con un
planisferio donde figure la ubicación geográfica del
país, acompañado por algunas diapositivas sobre su
magnitud de territorio y población, nivel de vida,
nivel cultural, tipo de producción y origen de sus
habitantes. Esta autor muchas veces tiene que
presentarse como profesor sudamericano, para luego
explicar de qué parte de Sudamérica. Desde hace unos
días se nota que ya se pueden obviar todas esas
presentaciones. Por un tiempo, quizás no demasiado
largo, Uruguay es conocido en todos los continentes,
por las grandes masas y por las elites.
Por eso parece no solo sensata
sino obligatoria la presencia de una delegación
oficial en Sudáfrica, destinada a apoyar a la
selección en la disputa el martes de las semifinales
y el fin de semana siguiente o del campeonato del
mundo o del tercer puesto. Está fuera de toda
discusión la absoluta necesidad de la concurrencia
del presidente de la República, cuya ausencia
carecería de excusa alguna. Y acorde a los nuevos
tiempos es de todo recibo que sea acompañado no solo
por ministros de Estado, sino por representantes de
todos los partidos. No caería nada mal el gesto de
invitar en la delegación a los ex presidentes de la
República. Creer que todo estos es exagerado no es
un tema de valoración del fútbol, sino de
comprensión de las sutiles formas en que funciona el
mundo, la diplomacia y la lucha por la opinión
pública mundial, que son elementos esenciales en la
lucha por los mercados.
Nadie discutió el gasto que
realizó el gobierno en costosos pasajes y costosos y
lujosos hoteles para enviar una delegación
multipartidaria a La Haya, a escuchar la lectura de
una sentencia ya redactada, sobre cuyo contenido no
cabía incidencia alguna, y que además se podía
escuchar en forma simultánea en cualquier living u
oficina del Uruguay, pues fue trasmitida en directo
por TV. Desde el punto de vista de la utilidad de la
delegación en cuanto a los resultados, fue
absolutamente nula y en ese sentido sí debió ser
considerado un desperdicio de dinero público. ¿Por
qué no lo fue? Porque allí los cuatro partidos
entendieron algo sutil y profundo: un país pequeño
podía exhibir la unidad nacional, el sostén de todo
el sistema político a una causa, que no era la causa
solamente de un gobierno de turno, sino la de todo
un país. Muy pocos estados podían exhibir ese nivel
de unidad nacional, que supone un gobierno abierto a
la oposición, dispuesto a compartir logros, y una
oposición abierta al gobierno, dispuesta a compartir
fracasos. Por eso no fue un desperdicio de dinero,
sino una inversión en la imagen de país.
Por ello ha resultado
sorprendente que ante una propuesta en ese sentido
del ministro de Turismo, el flamante líder colorado
la haya tildado de “vergüenza nacional”.
Sorprendente porque sería impensable esa
calificación en el anterior líder colorado, dos
veces presidente, no solo apasionado futbolero sino
uno de los uruguayos con más fina comprensión de la
historia mundial y la política internacional. Pero
además sorprendente porque este nuevo líder basó el
nacimiento de su liderazgo en los mismos recursos
utilizados alrededor de tres lustros antes por
Berlusconi en su lanzamiento como figura política,
como el uso de la simbología futbolística. Así
tenemos el “Vamos Uruguay” como paralelo del “Forza
Italia”, la camiseta celeste en la propaganda y las
hojas de votación, como paralelismo de la “azurra”.
No estuvo en solitario en el
cuestionamiento a una misión oficial, porque en la
misma línea se pronunció la primera senadora del
oficialismo (y de hecho segunda vicepresidente de la
República). Quizás no sea sorprendente, si se
recuerda la concepción anti futbolística que
predominó en buena parte de la izquierda en los años
sesenta y setenta, que veía al espectáculo
futbolístico como una manipulación del sistema de
poder sobre las masas, por el viejo método del “pan
y circo. Visión que hoy se ve también en algunos
comunicadores y que en general se puede considerar
representativa de mucho menos de un uruguayo de cada
diez, de una minoría sin duda calificada pero de
baja significación numérica. Las grandes masas, con
independencia de nivel cultural, socioeconómico o
pertenencia partidista, va por otro lado en relación
a la selección nacional de fútbol: 9 de cada 10
uruguayos, en forma constante a lo largo de varios
lustros, considera muy importante su actuación y sus
logros.
El líder de Alianza Nacional
sintonizó mucho con el sentimiento nacional cuando
adhirió a la iniciativa y marcó la conveniencia de
que los costos no corriesen por cuenta del Estado,
en definitiva un tema menor. El Partido
Independiente marcó parecida sintonía. Sería
peligroso que Uruguay desperdiciase esta
oportunidad, no diese hacia adentro y hacia afuera
la señal que debe dar en su posicionamiento
internacional. Porque entonces sí, de desperdiciarse
la oportunidad, todas las misiones comerciales y
gastos publicitarios que se emprendan en adelante
para imponer al país, para darlo a conocer, esos sí
serían un desperdicio de dinero.
[1]
Ver dos notas anteriores en El Observador:
“Una comarca pequeña, lejana y aldeana”
(junio 13, 2010) y “La Lucha por el poder,
en lo real o lo simbólico (junio 27, 2010)