Veinticinco
años después
Oscar
A. Bottinelli
A un cuarto de siglo de aquellos
acontecimientos que por un lado parecen
tan lejanos pero que cada tanto se
reviven. Nunca un país pasa de un
día para otro y por casualidad, de
un estado pacífico, idílico
(a veces imagianriamente idílico,
mucho más idílico que lo
real)a vivir momentos duros, de fuerte
confrontación, con sangre y
muerte.
Sería muy largo analizarlo,
ver cómo se fue dando cada uno de
los pasos. Abril y mayo de 1972 fueron
meses que quedaron marcados en la
historia. Acababa de asumir un nuevo
gobierno, el 14 y el 15 de abril se
produjeron hechos muy duros, con muchas
muertes. Comenzó con la muerte de
Armando Acosta y Lara, del capitán
Motto, de Leites; luego fue la muerte de
varios militantes y dirigentes del
Movimiento de Liberación Nacional
en Malvín. Fue un día (la
noche del domingo 15 de abril) en que se
declaró el Estado de Guerra Interno
y se decretó la suspensión
de la seguridad individual, en ambos casos
por decisión delos dos tercios de
la Asamblea General.
En ese clima ocurrió, en
abril y mayo, una serie de acontecimientos
fuertes; hay dos que importa destacar por
su impacto. Uno fue el de la seccional 20
del Partido Comunista, en la calle
Agraciada y Valentín Gómez,
donde hubo un operativo de las Fuerzas
Conjuntas que terminó en la muerte
de ocho militantes del Partido Comunista,
que estaban todos desarmados, según
las investigaciones que se hicieron en la
época. El otro episodio ocurrio el
18 de mayo: cuatro soldados que estaban de
custodia frente a la casa del comandante
en jefe del Ejército fueron muertos
sorpresivamente.
Una serie de hechos jalonaron a un
país con acontecimientos muy
violentos, donde los derechos humanos
fueron perdiendo valor, donde un Estado se
ponía en el borde de ciertas normas
jurídicas, donde desde grupos
organizados empezó la acción
de secuestros, de muertes. Y así
país vivió la lógica
del enfrentamiento, la lógica de la
confrontación, donde cada hecho de
uno le da al otro el pie para sentir el
justificativo de lo que hace.
Nosotros no analizamos aquí
quién tiene razón, no es un
juicio, no es un tribunal para decir que
la culpa fue de uno o del otro, sino una
búsqueda de visualizar aquél
país. Un país del que hubo
varias visiones. Esquematizando mucho,
había un extremo que consideraba
que el país estaba al borde de la
subversión, que el sistema
político tradicional y las
instituciones
democrático-representativas eran
incapaces de darle al país
estabilidad, paz y desarrollo, y que
entonces era necesario ir a formas mucho
autoritarias.
En el otro extremo, en un
pensamiento de características
continentales y con cierta
expansión a todo el mundo
occidental, aparece la visión de la
necesidad de un cambio rápido y
sustancial, por medios más o menos
violentos, un cambio de toda la sociedad.
Y eso debía procesarse en
términos de inmediatez
histórica.
Y luego había toda una gama
de posturas intermedias, de quienes
veían al Estado en una
función represora que debía
enfrentarse, generalmente asociado a una
línea de crecientes demandas ante
insatisfacciones sociales y
económicas. Y también la
visión de quienes entendían
que el país se encontraba sujeto a
embates de ideologías a las que se
consideraban foráneas y que
debían ser combatidas.
Había una gama muy grande de
posiciones, cuya característica
básica era una muy fuerte
intolerancia. Pero tampoco hay que olvidar
que también hubo en el país
muchos sectores que en medio de esa
intolerancia pretendieron salir de la
misma, pretendieron buscar altos, paros,
detenciones y evitar que el país
siguiera por el camino que
siguió.
Luego el país se
precipitó hacia la
interrupción institucional. 12
años después
retornaría al camino
institucional.
Este país vivió esos
momentos de muy fuerte violencia.
Quizás no muy para el contexto de
la región, pero sí muy
fuerte para la tradición
histórica del Uruguay.
Y se emerge de esta situación
con un país muy cambiado. Un
país donde la tolerancia, la
democracia representativa, el
funcionamiento de los partidos, la
moderación, son valores
extremadamente fuertes. Lo que en las
encuestas nosotros remarcamos
permanentemente: la centripetación,
esa búsqueda permanente del centro,
del término medio, del cambio paso
a paso, de la modificación de cada
una de las cosas que se va a hacer, sin
cambios bruscos. Es un país de
altísima búsqueda de la
estabilidad, un país que
buscó su salida -y acá hay
un dato que parece muy interesante- no a
través de la construcción de
algo nuevo, sino de la
restauración.
España, después de un
período muy largo y una
confrontación muy fuerte
salió a construir un sistema de
partidos, a construir partidos, a
construir una Constitución, a
construir reglas de juego electorales, a
construir un modo de hacer
política, un modo de funcionamiento
del Estado. Fue un proceso de
creación.
Uruguay fue el extremo opuesto, fue
el país de la restauración.
Restauró la Constitución,
restauró los partidos,
restauró casi los mismos
liderazgos, la Universidad restauró
sus autoridades, todos los decanos (con
una sola excepción) y el rector; el
país restauró sus mismas
reglas de juego electoral. Es un
país que pretendió
transformar los 12 años de
interrupción institucional en una
especie de paréntesis de una larga
continuidad. Ese paréntesis
llevó a que Uruguay fuera uno de
los países que menos agitó
ese pasado inmediato, que lo
controvertió por un período
mucho más corto y que llevó
finalmente a un camino muy original, que
fue la Ley de Caducidad de la
Pretensión Punitiva del Estado. Hoy
se está agitando nuevamente la
interpretación de la misma y las
cosas pendientes que de alguna manera han
quedado. Y es una ley que concluye en una
solución muy original (más
allá de la voluntad de algunos
actores y del impulso de otros: la
decisión por voluntad popular, en
actoplebiscitario, del tema de las
acusaciones sobre violación de los
derechos humanos.
Pero también da la
impresión de que Uruguay va camino
a borrar ese período de la memoria
colectiva. Y también a que se vea
ese paréntesis como algo
atípico, que no tenga causas y que
no tenga consecuencias, lo cual desde un
punto de vista científico e
histórico es bastante absurdo. A
todo período se llega porque hay
causas y motivaciones anteriores, y -se
quiera o no- se generan consecuencias. La
más obvia es que el país
pasa del enfrentamiento y la intolerancia
a la moderación, a la
búsqueda del centro, a la
búsqueda de soluciones. Pero esto
es lo más superficial que se puede
ver; hay cosas mucho más profundas
que no se han visto.
Es un período muy fuerte de
la vida del país, al que se llega
sin que sepamos todavía con certeza
científica cómo se
llegó, qué causas y
motivaciones operaron para pasar de ese
Uruguay pacífico y liberal de los
años '40 y '50 al país
violento e intolerante del comienzo de los
'70.
Buscar esas explicaciones es la gran
deuda que la investigación social,
la ciencia política, la
sociología y la historia tienen con
la sociedad uruguaya.
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