EMILIANO
COTELO
(EC):
Después
de
sus
vacaciones,
el
politólogo
Oscar
A.
Bottinelli,
director
de
Factum,
retoma
sus
habituales
análisis
políticos
de
los
viernes.
Hoy
toma
como
centro
la
elección
del
centroderechista
Sebastián
Piñera
como
nuevo
presidente
de
Chile
y
los
posibles
impactos
en
la
política
internacional
del
continente
y,
en
especial,
sobre
la
política
exterior
de
Uruguay.
***
EC –
¿Cómo
es,
exactamente,
el
enfoque
de
hoy?
OSCAR
A.
BOTTINELLI
(OAB):
En
Chile
tenemos
sin
duda
un
cambio
significativo:
desde
el
fin
del
pinochetismo
ha
gobernado
siempre
la
Concertación,
una
coalición
de
partidos
políticos
de
centro
a
centroizquierda,
donde
los
elementos
básicos
han
sido
de
ideología
demócrata
cristiana,
socialdemócrata,
socialista
y
sus
presidentes
han
sido
Aylwin,
Frei,
Lagos
y
Bachelet.
Gana
la
centroderecha
por
primera
vez;
logró
superar
ese
techo
histórico,
45-46%,
que
no
lograba
hacerlo.
Gana
muy
apretadamente,
pero
Chile
es
un
régimen
presidencial;
aunque
no
tenga
mayoría
en
la
Cámara
de
Diputados,
la
impronta
del
presidente
de
la
República
-mucho
más
en
política
exterior-
es
muy
alta.
Es
un
régimen
mucho
más
presidencialista
que
el
uruguayo.
En
cuanto
a la
región,
nos
vamos
a
centrar
no
en
la
elección
chilena,
ni
aspectos
comerciales
ni
económicos
de
las
relaciones
internacionales,
sino
en
las
relaciones
de
tipo
político,
a
partir
de
lo
que
es
la
configuración
del
continente
sudamericano,
particularmente
en
estos
últimos
años.
EC –
¿Cuáles
dirías
que
son
los
modelos
o
alineamientos
en
las
relaciones
políticas
internacionales
de
los
países
sudamericanos?
OAB
–
Cabe
aclarar
que
estamos
hablando
de
los
10
países
sudamericanos
clásicos,
sin
incluir
estos
nuevos
que
están
funcionando
en
la
Unasur,
como
Guyana
y
Suriname.
Respecto
a
esto,
podemos
hablar
de
tres
espacios.
¿Qué
quiere
decir
espacios?
Que
no
son
necesariamente
coaliciones
de
países,
no
son
bloques
en
el
sentido
de
conjuntos
que
funcionan
armónicamente,
ni
ejes.
Uno
es
el
espacio
que
puede
considerarse
más
radical,
más
latinoamericanista
o
más
anti-norteamericano,
que
tiene
como
elemento
central
ahí
sí
un
bloque
que
es
el
ALBA
(Alianza
Bolivariana
para
los
Pueblos
de
Nuestra
América),
y
está
constituido
a
nivel
sudamericano
por
Venezuela,
Bolivia
y
Ecuador.
En
este
espacio
gira
a
veces
Argentina,
sobre
todo
en
el
último
período
de
Néstor
Kirchner
y
ahora
de
Cristina
Fernández.
Por
otro
lado,
hay
un
espacio
que
se
puede
llamar
más
moderado,
más
conservador,
claramente
con
Colombia
y
Perú.
Y un
espacio
intermedio,
que
se
fue
delineando
básicamente
en
los
últimos
tres
años
–repito,
no
es
un
bloque,
no
implica
que
haya
juegos,
consultas
y
coordinación
entre
ellos-,
es
el
de
Brasil,
Chile,
Uruguay
y,
en
cierto
modo,
Paraguay.
Ahora
bien,
no
son
cosas
fijas
y
por
lo
tanto,
cualquier
movimiento
puede
impactar
en
esta
configuración.
EC –
Y
con
el
triunfo
de
Sebastián
Piñera,
¿hacia
dónde
puede
cambiar
Chile?
A su
vez,
¿qué
efectos
puede
producir
en
la
región?
OAB
– Lo
que
es
esperable
que
pueda
ocurrir,
no
estamos
diciendo
que
necesariamente
ocurra
(repito:
no
hablamos
de
lo
económico,
de
la
inserción
económica
internacional,
de
lo
comercial,
donde
Chile
tiene
una
línea
muy
estable),
es
que
Chile
deje
de
tener
este
juego
de
cierta
equidistancia
entre
Colombia,
de
un
lado,
y
Venezuela,
del
otro,
y
pase
a
jugar
más
cercano
a
este
espacio
que
le
hemos
llamado
más
moderado
o
más
conservador.
Este
es
el
cambio
mayor
que
se
puede
producir,
lo
cual
prácticamente
debilita
el
espacio
intermedio.
Uruguay,
si
bien
es
un
país
que
tiene
un
peso
internacional
muy
por
encima
de
lo
que
es
su
tamaño
y su
población,
es
muy
pequeño.
Brasil
tiene
un
juego
muy
complicado,
de
querer
jugar
como
“global
player”
(jugador
mundial),
pero
no
termina
de
jugar
como
líder
de
una
región,
que
le
preocupe
estar
en
permanente
consulta
con
sus
miembros
para
sentirse
liderados
por
él.
Es
un
jugador
difícil.
Además,
Brasil
tiene
la
inminencia
este
año
de
elecciones
presidenciales.
El
régimen
en
el
país
norteño
es
también
bastante
presidencial,
sobre
todo
en
política
exterior
importa
mucho
el
presidente.
Está
la
continuación
de
Lula
o
está
la
elección
de
José
Serra,
que
es
un
hombre
que
hoy
está
a la
cabeza
en
las
encuestas
y
se
caracteriza
por
una
línea
anti
Mercosur.
Además,
tiene
una
actitud
claramente
muy
anti
uruguaya.
Más
allá
de
que
es
el
hombre
de
Fernando
Henrique
Cardoso,
a
Uruguay
no
le
deja
mucho
espacio
una
presidencia
de
Serra.
Entonces,
el
espacio
intermedio
prácticamente
podría
diluirse.
Esa
es
una
de
las
posibilidades,
no
es
que
sea
inexorable,
pero
es
uno
de
los
impactos
fuertes
que
podría
tener
la
elección
de
Piñera
en
Chile.
EC –
¿Y
cómo
puede
impactar
ese
cambio
de
la
política
chilena
sobre
la
política
exterior
uruguaya?
OAB
–
Veamos
primero
cómo
ha
sido
la
política
exterior
de
este
gobierno.
No
era
un
tema
de
que
porque
estaba
Reinaldo
Gargano,
Uruguay
seguía
una
política
determinada,
sino
que
fue
una
política
que
definió
el
presidente
Tabaré
Vázquez
apenas
fue
elegido.
Hubo
señales
muy
fuertes
de
acercamiento
a
Venezuela:
el
papel
estelar
de
Hugo
Chávez
en
la
transmisión
del
mando
el
1º
de
marzo
-cuando
todavía
no
se
sabía
quién
iba
a
ser
el
canciller
se
definió
eso-;
el
embajador
en
Venezuela,
el
brigadier
Gerónimo
Cardozo,
un
hombre,
en
ese
entonces,
muy
próximo
a
Hugo
Chávez
desde
el
punto
de
vista
personal;
los
contactos
a
nivel
petrolero,
luego
los
contactos
a
través
de
Ancap
por
parte
de
Daniel
Martínez;
las
vinculaciones
a
través
de
la
búsqueda
de
venta
de
software…
Es
decir,
hubo
un
relacionamiento
muy
fuerte
hacia
Venezuela
impulsado
por
el
presidente
de
la
República
y
naturalmente
también
por
el
ex
canciller
Gargano,
un
hombre
muy
convencido
de
una
línea
fuertemente
latinoamericanista
y
regionalista.
Se
produce
un
cambio
no
sólo
de
canciller,
sino
con
un
giro
que
va
tomando
Tabaré
Vázquez,
de
alejamiento
a
Venezuela.
Recordemos
como
un
hecho
simbólico
cuando
Tabaré
Vázquez
recibe
muy
cálidamente
al
presidente
norteamericano
George
Bush.
Bush
pasó
dos
noches
en
Uruguay,
prácticamente
tuvo
una
jornada
en
Anchorena
(estancia
presidencial
San
Juan)
y
simultáneamente
Chávez
realizó
un
acto
público
de
repudio
a la
visita
de
Bush,
en
Buenos
Aires.
Es
decir
que
era
un
acto
claramente
de
agresión
hacia
el
presidente
Vázquez.
No
digo
que
esta
sea
la
causa,
sino
más
bien
la
fruta
que
decora
un
alejamiento
de
Uruguay
respecto
a
Venezuela.
No
es
un
alejamiento
para
volcarlo
en
contra,
sino
para
ponerle
una
línea
más
distante.
Esto
se
materializa
muy
claramente
con
las
líneas
de
Gonzalo
Fernández
y
luego
con
la
sucesión
de
Pedro
Vaz.
EC –
Con
esos
antecedentes,
¿cómo
puede
pensarse
que
vaya
a
plantearse
la
política
exterior
al
asumir
José
Mujica?
OAB
–
Cuando
hablo
de
política
exterior,
hablo
–valga
la
redundancia-
de
la
política
política,
porque
en
la
política
de
relaciones
económicas
tiene
mucho
énfasis
el
equipo
económico
-que
será
la
continuación
total
del
que
estuvo
durante
el
grueso
del
período
Vázquez,
con
Astori
a la
cabeza
y
Fernando
Lorenzo
y
Mario
Bergara
como
grandes
timoneles-.
El
presidente
Mujica
habla
de
líneas
muy
abiertas
en
política
comercial,
más
allá
que
este
jueves
hizo
unas
declaraciones
respecto
a
dónde
se
comprarían
autos
oficiales,
lo
cual
es
un
poco
contradictorio
con
la
apertura
hacia
Japón
y
China.
La
política
política
va a
estar
en
manos
del
futuro
canciller,
Luis
Almagro,
un
diplomático
de
carrera,
embajador
en
China
en
este
período,
pero
un
hombre
del
Movimiento
de
Participación
Popular
(MPP)
y
por
lo
tanto
muy
alineado
en
concepciones
que
también
podemos
llamar
muy
latinoamericanistas.
Se
presume
que
el
papel
de
Almagro
puede
ser
más
de
política
global,
de
política
volcada
a
los
grandes
problemas
del
mundo
y
sobre
todo
con
muchísimo
énfasis
en
el
desarrollo
de
políticas
comerciales.
El
futuro
vicecanciller,
el
subsecretario
de
Relaciones
Exteriores,
será
Roberto
Conde,
que
es
diputado
socialista,
fue
el
primer
presidente
del
Parlasur
(Parlamento
del
Mercosur);
es
un
hombre
socialista-marxista,
de
muy
sólida
formación
teórica,
con
convicciones
muy
firmes
en
política
exterior.
Para
decirlo
grosso
modo,
tiene
gran
sintonía
con
lo
que
ha
expresado
Gargano
en
su
concepción
de
relaciones
internacionales.
El
canciller
designado
dijo
que
“no
va a
haber
cambios
en
la
política
exterior”.
Pero
a
veces
los
cambios
son
muy
sutiles,
son
a
través
de
pequeños
gestos,
a
través
de
pequeños
pasos
que
determinan
énfasis
diferentes
en
la
política
exterior.
EC –
¿Pero
estos
cambios
podrían
ocurrir
por
el
hecho
de
que,
con
la
asunción
de
Piñera
en
Chile,
se
debilita
ese
espacio
sudamericano
que
tú
llamabas
“intermedio”,
que
hasta
ahora
han
estado
conformando
Brasil,
Chile,
Uruguay
y,
en
cierto
modo,
Paraguay?
OAB
–
Sí.
Tenemos
que
tener
en
cuenta
si
se
debilita
este
espacio.
Uruguay
no
tiene
una
capacidad
de
ser
un
gran
jugador
intermedio;
es
un
problema
de
tamaño,
no
de
voluntad.
Articular
Uruguay
con
Brasil
ha
resultado
muy
difícil.
Además,
lo
ve
un
ministro
brasilero,
que
dijo:
“Es
un
barrio
de
San
Pablo”.
A
veces
le
cuesta
entender
a
Brasil
cuánto
sirven
y
pesan
los
países
pequeños,
mucho
más
cuando
tienen
cierto
porte
en
las
relaciones
internacionales.
Cuando
los
espacios
desaparecen,
un
país
como
Uruguay
no
puede
ser
el
gran
constructor
de
espacios,
sino
más
bien
es
un
tomador
de
los
mismos.
Si
desaparece
el
espacio,
es
volcado
más
hacia
una
postura
o
hacia
otra
por
la
inercia
de
los
hechos.
Y si
la
Cancillería
tiene
hombres
que
pueden
estar
mucho
más
proclive
a un
énfasis
latinoamericano
-que
no
es
nada
raro
en
el
Frente
Amplio,
lo
tuvo
en
la
primera
etapa
de
este
gobierno-,
podríamos
encontrar
que
se
diera
no
un
alineamiento
con
el
espacio
más
radical
o
más
anti
norteamericano,
pero
sí
una
mayor
proximidad
hacia
ello
que
lo
que
pueden
tener
Colombia,
Perú
o el
Chile
de
Piñera.
Por
ejemplo,
un
caso
simbólico
que
no
cambia
para
nada
la
relación
de
Uruguay
con
el
ALBA:
no
es
lo
mismo
que
a
una
reunión
de
jefes
de
Estado
del
ALBA
Uruguay
mande
un
diplomático
de
carrera
de
rango
medio,
como
ha
hecho
en
las
anteriores
reuniones,
a
que
vaya
el
canciller
o
vicecanciller
como
observador.
Esos
son
gestos
que
cambian
los
signos
de
una
política
exterior.
Hoy,
Uruguay
es
observador
en
las
reuniones
del
ALBA.
Primero
no
hay
que
estar
atentos
a lo
que
va a
hacer
Uruguay,
sino
a
qué
pasa
con
Chile:
si
se
produce
el
debilitamiento
de
este
espacio,
si
hay
un
cambio
importante
en
los
énfasis
políticos
de
la
política
exterior
chilena.
Si
eso
ocurre,
quiérase
o no
va a
repercutir
en
la
política
exterior
de
Uruguay
desde
el
punto
de
vista,
repito,
de
política
política,
no
hablando
ni
de
lo
económico,
ni
de
lo
comercial.