EJUAN
ANDRÉS
ELHORDOY
(JAE):
“Las
angustias
y
dificultades
que
generan
una
larga
transición”;
este
es
el
título
del
análisis
político
de
este
viernes.
***
JAE
–
Esto
tiene
que
ver
con
el
tiempo
que
va
transcurriendo
y
los
hechos
políticos
que
se
han
generado.
Siguiendo
este
título
que
tú
planteas,
cabe
señalar
que
el
presidente
de
la
República
resultó
elegido
el
28
de
noviembre,
que
tiene
tres
meses
y
tres
días
para
tomar
posesión
en
el
cargo
desde
ese
momento.
Es
un
tiempo
de
larga
transición.
¿Por
dónde
arrancarías?
OSCAR
A.
BOTTINELLI
(OAB):
El
presidente,
que
en
el
caso
de
Tabaré
Vázquez
fue
muy
potenciada
la
figura,
alcanza
casi
el
máximo
nivel
de
los
reflectores
en
la
noche
del
28
de
noviembre
cuando
están
por
abrirse
las
urnas.
Luego,
los
focos
empiezan
a
debilitarse.
Empieza
a
aparecer
la
frase,
refiriéndose
al
presidente
de
la
República,
como
“el
actual
presidente”,
como
que
habría
otro
(el
actual
y el
futuro)
y
después
se
habla
del
“presidente
saliente”.
Como
contracara,
a
partir
de
esa
noche,
se
habla
del
“presidente
electo”,
después
se
dice
“el
futuro
presidente”,
luego
“el
nuevo
presidente”,
“el
presidente
entrante”.
Esto
a
uno
le
sugiere
una
especie
de
puerta
giratoria,
donde
se
ve
que
uno
va
paso
a
paso
entrando
y el
otro
paso
a
paso
saliendo,
en
algún
momento
se
encuentran
en
el
medio
y
después
uno
queda
más
adentro
y el
otro
un
poco
más
afuera.
Hay
una
especie
de
dualidad
de
poderes;
no
es
un
tema
jurídico,
sino
político
y
social.
El
fenómeno
que
le
ocurre
al
presidente
es
lo
que
se
llama
en
ciencia
política
un “desempoderamiento”,
marcado
por
todos
estos
pasos:
la
pérdida
de
poder
y su
deslizamiento
hacia
su
sucesor.
No
es
un
fenómeno
de
Tabaré
Vázquez,
sino
de
todos
los
presidentes
de
la
República
en
Uruguay
y de
todos
los
que
mandan
en
un
gobierno
en
el
mundo.
JAE
– No
ocurre
sólo
con
el
presidente
de
la
República.
OAB
–
No,
pasa
con
todo
lo
que
es
elenco
de
gobierno:
ministerios,
entes
autónomos
y
demás
cargos.
La
sabiduría
que
han
tenido,
en
general,
los
gobiernos
electos
anteriores
ha
sido
montar
sedes
separadas
para
el
gobierno
entrante.
Con
Sanguinetti
fue
el
Hotel
Columbia;
con
Lacalle
el
Parque
Hotel;
luego
dos
veces
el
Victoria
Plaza
y
después
el
Radisson
Montevideo
(por
ahí
ocurre
el
cambio
de
nombre),
con
la
segunda
presidencia
de
Sanguinetti
y
con
Jorge
Batlle;
y el
Hotel
Presidente
con
Vázquez.
¿Por
qué?
Porque
hay
un
problema
de
que
se
vea
a
los
dos
poderes
juntos.
Mujica
está
en
otro
lugar,
que
es
la
sede
oficial
de
la
Presidencia,
pero
no
así
los
ministros.
Algunos
de
ellos,
incluso,
porque
ya
vienen
dentro
de
la
cartera,
como
el
subsecretario
de
Industria,
Energía
y
Minería,
o el
director
general
de
Salud
Pública,
que
ahora
es
el
ministro
de
la
respectiva
cartera;
otros
no,
pero
son
personas
que
se
están
sentando
en
un
despacho
prácticamente
al
lado
del
ministro
en
funciones.
Es
bravo
eso
de
que
un
funcionario
ve
al
que
se
está
yendo
y al
que
está
viniendo.
Hay
algunos
eventos
empresariales
programados
para
el
mes
de
febrero
y ya
lo
que
importa
en
los
empresarios
es
ver
qué
dicen
y
qué
diálogo
tienen
con
los
nuevos
ministros.
JAE
–
Haces
mención
al
de
Punta
del
Este,
en
el
que
va a
participar
José
Mujica
con
empresarios
de
Argentina.
OAB
–
Ese
es
uno,
que
es
muy
importante
porque
está
el
presidente
electo
de
la
República
y
que
anunció,
por
lo
menos,
todo
el
nuevo
gabinete.
Hay
otros
de
menor
porte;
más
restringidos,
de
una
sola
cartera,
donde
nadie
le
pregunta
al
ministro
que
ya
se
está
yendo
qué
piensa;
lo
que
le
importa
a la
gente
es
qué
piensa
el
ministro
que
va a
asumir.
Aclaremos
que
este
no
es
un
problema
sólo
de
la
política,
lo
es
en
la
vida.
En
todo
organismo,
en
todo
cargo,
en
un
medio
de
comunicación:
en
cualquier
lado
está
quien
se
va y
empieza
a
perder
poder
y el
que
lo
reemplaza
y
empieza
a
adquirir
poder.
Es
un
drama
existencial.
Además,
está
la
ansiedad
del
que
quiere
empezar
cuanto
antes
y el
que
quiere
retardar
cuanto
antes
perder
los
últimos
hilos
de
control.
JAE
–
Interesante
el
factor
ansiedad
también...
¿Pero
en
este
caso
se
ha
generado,
a tu
juicio,
algún
tipo
de
problema
político
por
esta
situación?
OAB
–
Como
norma
general,
un
presidente
busca
mantener
el
poder
hasta
el
último
minuto.
Además,
todo
gobernante
hace
mucho
menos
de
lo
que
aspiraba
hacer,
no
por
ineficiencia,
sino
porque
los
sueños,
los
deseos,
las
ambiciones,
los
planes
que
tiene
alguien
cuando
llega,
normalmente
son
muchos
más
de
lo
que
los
frenos
de
la
realidad
le
permite:
frenos
políticos,
económicos,
manejo
de
los
tiempos,
burocracias
a
veces,
dificultad
en
que
la
gente
entienda
lo
que
quiere.
Es
muy
común
que
en
los
balances
más
positivos
rara
vez
llegan
al
cien
por
ciento
de
lo
que
se
deseaba
hacer.
Hemos
visto
en
muchos
presidentes
de
acá
y
otros
países,
en
el
momento
que
se
van,
quieren
apurar
dos,
tres
o
cuatro
cosas
que
le
quedaron
en
el
tintero
y
que
le
son
muy
importantes.
Si
estos
no
son
demasiado
trascendentes
o no
chocan
con
el
nuevo
gobierno,
no
hay
problema;
pero
a
veces
choca
y
entonces
ahí
surgen
algunos
resquemores.
Podemos
ver
dos
cosas.
Por
ejemplo,
recordemos
que
Jorge
Batlle,
cuando
está
prácticamente
por
entregar
la
banda
presidencial,
hace
la
adjudicación
(no
sé
si
es
el
término
correcto)
de
la
tercera
banda
de
telefonía
celular
móvil,
en
el
momento
que
el
gobierno
entrante
estaba
pidiendo
que
no
tome
esa
decisión.
Acá
vemos
varios
temitas
de
rispidez,
pero
el
central
está
algo
emparentado
con
este
y es
el
Plan
Cardales,
el
plan
de
suministro
del
triple
play:
telefonía,
internet
y
televisión
vía
cable
o
vía
telefónica,
a
los
hogares
de
menores
de
recursos.
Aquí
hay
claramente
dos
visiones:
una
visión
de
apertura
al
mercado
a
privados
por
parte
del
gobierno
saliente
y
una
concepción
más
estatista,
más
pública
(en
el
sentido
más
de
lo
público)
de
parte
del
gobierno
entrante.
Esto
está
generando
rispideces.
De
alguna
manera
el
tema
de
la
ley
de
descentralización
tuvo
algo
que
ver
con
esto.
Y
quizá
una
señal
de
juego,
de
que
uno
está
perdiendo
poder
y el
otro
lo
está
adquiriendo
pero
no
lo
tiene
del
todo,
es
que
empezó
a
aparecer
un
árbitro
en
el
medio
que
es
la
estructura
del
Frente
Amplio
(FA),
que
prácticamente
había
desaparecido
como
elemento
de
poder
en
estos
cinco
años
y
reaparece
como
el
gran
árbitro,
por
lo
menos
ya
ocurrió
con
la
ley
de
descentralización.
Además,
amaga
con
aparecer
como
el
gran
árbitro
entre
el
gobierno
saliente
y el
entrante
en
el
tema
del
Plan
Cardales.
JAE
–
¿Influye
el
largo
de
este
proceso
de
transición?
OAB
– En
parte
sí y
en
parte
no.
En
parte
no
porque
el
problema
se
puede
armar
aún
en
una
transición
de
15
días;
todo
depende
de
la
característica
de
los
personajes
y de
las
cosas
que
haya
en
juego.
Pero
cuanto
más
larga
la
transición
es
más
complicada.
Las
transiciones
son
necesarias.
En
el
esquema
británico
-el
único
caso
en
donde
es
fulminante
la
transición-
termina
la
elección
y al
otro
día
el
primer
ministro
saliente
está
presentando
la
renuncia
y ya
inmediatamente
su
majestad
británica
está
nombrando
al
nuevo
primer
ministro.
Pero
en
Gran
Bretaña,
el
Reino
Unido
tiene
todo
un
esquema
de
funcionamiento
muy
diferente.
Lo
normal
es
que
se
requieran
transiciones.
Un
gobierno
tiene
que
terminar
lo
que
es
la
locura
de
la
campaña
electoral,
hacer
un
poco
de
calma
y
prepararse
antes
de
empezar
el
gobierno;
necesita
respiro
y
cambiar
el
ritmo
de
la
cabeza
electoral
a la
cabeza
gobernante.
El
riesgo
que
han
tenido
muchos
presidentes
en
Uruguay,
o
pueden
llegar
a
tener,
es
que
no
les
gira
el
cambio
de
la
cabeza
rápidamente
y
empiezan
ya,
siendo
gobernantes
electos,
a
hacer
declaraciones
y
anuncios
como
si
todavía
estuvieran
en
campaña
electoral.
Esa
es
una
cosa
muy
peligrosa.
La
transición
uruguaya
es
larga,
no
tanto
como
algunos
creen.
Además,
algunos
creían
que
era
por
lo
lento
de
los
escrutinios;
no,
es
la
necesidad
de
preparar
los
gobiernos.
En
Uruguay
es
tres
meses;
pudo
darse
cuatro
meses
como
fue
con
Tabaré
Vázquez
porque
al
haber
ganado
sin
balotaje,
agregó
un
mes
extra,
lo
cual
ya
llevó
a un
tiempo
muy
extraordinario.
Tampoco
es
larga
como
México,
que
son
cinco
meses.
Por
ejemplo,
Calderón
es
elegido
el 2
de
julio
y
asume
el
1º
de
diciembre:
cambia
de
una
punta
a
otra
en
las
estaciones
del
año.
En
general,
en
regímenes
puramente
presidenciales
es
algo
menor,
aunque
no
tanto:
en
Chile
es
casi
dos
meses,
Brasil
dos
meses
y
Estados
Unidos,
que
muchos
a
veces
lo
ponen
como
ejemplo
de
que
ahí
las
cosas
son
rápidas,
son
dos
meses
y
medio
desde
la
elección
-primer
martes
después
del
primer
domingo
de
noviembre-
y la
toma
de
posesión
–que
desde
el
año
37
es
el
20
de
enero-.
JAE
–
¿Qué
otros
países
podrías
manejar
como
ejemplo
de
transiciones
más
cortas?
OAB
–
Las
transiciones
más
cortas
y
más
perfectas,
aunque
hay
que
tener
mucho
cuidado
porque
estamos
hablando
de
sistemas
de
gobierno
distintos,
son
las
de
países
parlamentarios
clásicos:
caso
de
España,
Italia;
repito:
no
fulminante
como
el
Reino
Unido.
En
general,
tanto
en
España
como
Italia
tardan
alrededor
de
un
mes
y
medio,
de
seis
a
siete
semanas,
entre
la
elección
y la
asunción
del
nuevo
jefe
de
gobierno.
Sí
tiene
como
solución
interesante
es
que,
inmediatamente
después
de
las
elecciones,
el
jefe
de
Gobierno
presenta
su
dimisión
-repito:
es
un
régimen
parlamentario,
es
diferente-.
A
partir
de
ahí
y
hasta
que
asume
el
nuevo
jefe
de
Gobierno,
se
llama
“gobierno
en
funciones”.
¿Qué
quiere
decir?
Que
mantiene
la
administración,
toma
decisiones
de
rutina,
pero
no
toma
decisiones
trascendentales
que
afecte
todo
el
período
de
gobierno.
No
hay
que
olvidar
que
los
regímenes
parlamentarios
tienen
siempre
una
figura
por
encima
del
poder
político,
de
las
partes,
que
es
el
jefe
de
Estado,
que
no
es
el
caso
de
un
presidente
de
la
República
uruguayo,
quien
es
jefe
de
Estado
y de
gobierno.
Este
jefe
de
Estado
es
una
especie
de
gran
símbolo
y
gran
árbitro
que
puede
intervenir
si
en
ese
momento
que
hay
un
gobierno
en
funciones
hay
decisiones
transcendentes
del
país.
Ahí
sí
es
el
gran
componedor
y
árbitro
entre
lo
que
se
va y
lo
que
viene;
es
el
caso
del
rey
en
España
y el
caso
del
presidente
de
la
República
en
Italia.
***
JAE
–
¿Algo
más
para
agregar?
OAB
–
Que
no
hay
duda
que
las
viejas
cámaras
legislativas,
el
presidente
y
los
ministros
conservan
todo
su
poder:
el
Parlamento
hasta
el
15
de
febrero,
los
demás
hasta
el
1º
de
marzo.
Hay
que
tener
cuidado
que
la
legitimidad
jurídica,
en
este
caso,
no
va
acompañada
de
la
legitimidad
social.
Cuando
ejercen
un
poder
en
la
transición,
en
el
país
que
fuere,
suena
muchas
veces
más
a
sobrevivencia
de
autoridad
que
a la
autoridad
legítima
que
tuvieron
hasta
el
día
antes
de
la
elección.
Además,
no
es
nada
fácil
manejar
la
relación
personal
entre
un
presidente
saliente
y un
presidente
entrante,
o
entre
ministro
saliente
y su
sustituto
designado.
Esto
va
más
allá
de
partidos
y
hasta
de
afinidades
personales;
también
va
más
allá
de
rupturas
partidarias
o
sectoriales;
es
un
tema
que
hace
a lo
más
profundo
de
los
deseos,
frustraciones
y
nostalgias
del
ser
humano.
Es
la
pérdida
del
poder
que
supone,
a la
vez,
un
alivio
y un
vacío.