EMILIANO
COTELO:
Hace
pocos
días,
al
terminar
el
cónclave
de
Unidad
Nacional
(UNA)
en
La
Paloma,
el
presidente
del
Directorio
del
Partido
Nacional
(PN),
Luis
Alberto
Lacalle
anunció
“el
inicio
de
un
profundo
proceso
de
renovación
partidaria”.
Ese
es
el
tema
que
nos
propone
como
análisis
político
el
politólogo
Oscar
A.
Bottinelli,
director
de
Factum.
El
título:
“El
Partido
Nacional
ante
el
desafío
de
la
renovación”.
***
EC –
Vamos
a
ubicarnos
en
La
Paloma,
Rocha,
entonces.
OSCAR
A.
BOTTINELLI:
El
cónclave
de
La
Paloma
es
ya
un
elemento
constante
del
Herrerismo,
ahora
extendido
a la
Correntada
Wilsonista
y
otros
aliados
en
la
UNA.
Desde
hace
unos
20
años,
quizás
un
poco
más,
se
realiza
este
cónclave
anual
veraniego,
esta
vez
en
el
restaurante
Perla
Negra.
Hay
tres
frases
significativas
de
parte
del
presidente
del
Directorio
del
PN
que
me
parece
son
las
que
sirven
para
puntear
en
el
análisis.
Una:
“Vamos
a
decirle
adiós
al
partido
que
fuimos
porque
el
que
viene
no
lo
van
a
conocer”.
Dos:
“Se
advierte
en
Uruguay
un
problema
sociológico
más
que
político,
que
debe
ser
analizado
de
manera
profunda,
impostergable,
por
los
expertos
en
ciencias
sociales.
La
comprensión
de
esta
realidad
y la
ocupación
de
los
espacios
en
la
cultura,
los
sindicatos,
los
asentamientos
y en
el
interior
profundo
es
una
acción
que
le
compete
al
PN”.
Tres:
“La
necesidad
de
una
relación
cara
a
cara
entre
todos
los
nacionalistas,
cuidándose
del
virus
de
las
divisiones.
El
PN
tiene
una
falla
en
el
ADN
y se
necesita
tener
un
cuidado
especial
para
no
despertar
esa
particularidad”,
refiriéndose
a
esa
peculiaridad
del
PN
de
tener
permanentemente
difíciles
confrontaciones
internas.
Y
relacionado
con
esto,
como
contracara,
el
énfasis
que
puso
en
destacar
lo
que
calificó
de “desempeño
ejemplar
de
Jorge
Larrañaga”,
refiriéndose
a
toda
la
campaña
electoral.
EC –
¿Y
cómo
viste
esas
afirmaciones
que
acabas
de
citar?
OAB
–
Hay
que
analizar
los
comentarios
y
los
hechos
políticos
simultáneos
y
posteriores.
En
realidad
se
puede
decir
que
hay
dos
grandes
temas:
el
de
la
renovación
por
un
lado
y el
de
la
administración
de
los
disensos
internos
por
el
otro,
que
puede
ser
parte
de
la
renovación
pero
que
es
un
tema
específico
e
histórico
en
sí
mismo.
Para
ello
también
es
bueno
considerar
la
arquitectura
interior
de
las
últimas
dos
décadas
del
PN.
Se
observa
una
permanente
alternancia
en
el
dominio
del
partido
entre
la
corriente
Herrerista
y la
corriente
independiente
o no
Herrerista,
que
con
mucha
imprecisión
algunos
llaman
“Wilsonista”
lo
cual
no
es
del
todo
exacto.
Pero
lo
claro
es
que,
elección
tras
elección,
hay
un
girar
de
rueda,
el
que
está
abajo
queda
arriba
y el
que
está
arriba
queda
abajo,
y
esto
ya
lleva
dos
décadas.
EC –
Decías
que
en
realidad
hay
dos
grandes
temas,
¿por
cuál
vas
a
empezar,
por
el
de
los
disensos
internos?
OAB
–
Sí,
por
ser
el
de
más
larga
duración.
Es
un
partido
con
una
muy
larga
historia
de
dificultades
para
administrar
el
disenso.
Es
muy
difícil
poner
una
fecha
pero
sin
dudas
desde
el
comienzo
de
la
década
de
1870,
y se
pueden
rastrear
algunos
problemas
antes;
es
una
constante
del
partido,
con
un
período
muy
fuerte
entre
1930
y
1954
que
se
cierra
con
la
elección
del
58
en
la
cual
el
PN
votó
separado
en
dos,
y en
alguna
elección
llegó
hasta
ser
tres
partidos
absolutamente
separados,
sin
acumular
votos,
sintiendo
que
el
uno
con
el
otro
no
tenían
nada
que
ver.
Si
vemos
las
fórmulas
únicas
que
ha
habido
bajo
el
nuevo
régimen
constitucional,
observamos
que
en
la
del
99
hubo
una
ausencia
de
los
líderes
de
la
minoría,
en
la
fórmula
Lacalle-Abreu
–Abreu,
que
representaba
a la
minoría,
que
había
apoyado
a
Ramírez,
no
había
sido
candidato–.
La
fórmula
que
competía
contra
Lacalle
era
la
de
Ramírez-Larrañaga,
pero
ni
el
uno
ni
el
otro
aceptaron
estar
en
la
fórmula
presidencial.
En
la
siguiente,
en
2004,
Larrañaga
decide
no
incluir
al
Herrerismo
por
entender
que
había
sido
muy
grande
la
diferencia
de
Alianza
Nacional
(AN)
con
el
Herrerismo
y
por
lo
tanto
está
fuera
de
la
fórmula.
La
de
2009
es
la
primera
en
la
que
el
PN
logra
un
“uno-dos”
perfecto,
lo
que
había
logrado
el
Partido
Colorado
(PC)
10
años
antes.
El
que
ganó
la
interna
fue
el
candidato
a
presidente,
y el
otro
fue
el
candidato
a
vicepresidente,
los
dos
líderes
fraccionales
estaban
resumiendo
al
partido
en
la
fórmula
presidencial.
También
es
verdad
que
en
el
desempeño
de
ese
período
se
notó
que
la
unidad
se
mantuvo
mucho
con
una
mayoría
herrerista
que
estuvo
dispuesta
a
aceptar
la
totalidad
de
los
planteos
de
la
minoría
“larrañaguista”,
a no
dar
ningún
paso
que
molestase
a
esa
minoría,
con
un
cuidado
muy
especial.
Y
algunas
veces
se
pudo
ver
casi
como
una
imposición
y un
dominio
de
la
minoría
sobre
las
decisiones
partidarias.
Ahora,
tampoco
hay
un
monolitismo
como
podría
dar
a
pensar
esa
frase
de
Lacalle
hacia
Larrañaga
de “el
comportamiento
ejemplar”
en
el
sentido
de
que
en
la
propia
elección
municipal
en
Montevideo,
donde
se
venía
con
una
tradición
de
candidatura
única,
el
PN
la
rompe
con
una
doble
candidatura,
cada
una
correspondiente
a
las
dos
corrientes,
pero
además
anunciando
dos
programas,
lo
que
es
decir
“somos
dos
cosas
distintas”.
Frente
al
planteo
de
La
Paloma,
desde
AN
hubo
una
reacción
un
poco
crítica,
y
por
la
forma
en
que
se
está
moviendo
parecería
que
existiera
un
objetivo
trazado
de
marcar
diferencias,
de
señalar
que
hay
dos
corrientes
diferentes
en
el
PN.
Ahora,
¿cuál
es
el
tema?
No
es
lo
mismo
un
partido
monolítico
que
uno
con
un
degradé
de
posiciones.
No
es
lo
mismo
un
partido
con
dos
corrientes
que
puedan
convivir
con
relativa
armonía
que
un
partido
dividido
en
dos
bandos
irreconciliables,
como
fue
la
historia
de
los
años
30,
40,
50
hasta
mediados
de
los
60
del
siglo
pasado.
Hay
dos
corrientes
y
eso
le
da
pluralidad
al
PN;
el
tema
es
cómo
administran
ese
disenso,
cómo
administran
la
convivencia.
EC –
¿Y
el
segundo
gran
tema?
¿Cómo
ves
la
apuesta
a la
renovación?
OAB
– La
renovación
de
un
partido
puede
ser
una
renovación
de
hombres,
puede
ser
una
renovación
de
ideas,
de
programas,
o
puede
ser
una
renovación
de
prácticas,
de
formas
de
actuar.
El
PC
ha
hecho
la
renovación
de
prácticas,
de
formas
de
hacer
política,
a
través
de
la
renovación
de
hombres.
Se
produjo
un
desplazamiento
de
las
viejas
dirigencias
y
surgieron
nuevos
elencos,
con
pocos
antecedentes
políticos
–es
decir
con
cierta
incontaminación–
con
un
criterio
de
renovación
generacional.
Lo
primero
que
necesita
el
PN
es
un
diagnóstico
–que
es
lo
que
no
se
sabe
si
hay,
no
se
conoce
públicamente–
sobre
qué
anduvo
mal.
Porque
encarar
cualquier
proceso
de
cambio
implica
tener
un
estudio
previo,
a
partir
de
qué
y
por
qué
hay
que
cambiar.
Por
qué
en
esta
elección
se
obtuvo
el
segundo
peor
resultado
de
su
historia
en
elecciones
nacionales
–y
hay
que
recordar
que
en
las
últimas
cuatro
elecciones
se
obtuvieron
los
tres
peores
resultados
de
la
historia
del
PN–.
No
es
casualidad
que
el
PN
esté
votando
globalmente
mal,
con
la
excepción
de
2004
y
obviamente
la
de
1989.
Entonces
hay
que
ver
cuánto
hay
de
necesidad
de
mirar
nuevamente
a la
sociedad
para
entenderla,
tema
que
plantea
con
claridad
Lacalle
haciendo
por
lo
menos
un
primer
atisbo
de
diagnóstico:
“hay
un
problema
de
entendimiento
de
la
sociedad
que
hay
que
mirar
muy
bien”.
Pero
también
de
mirarse
al
espejo
sobre
la
forma
de
hacer
política
y
ver
cuánto
de
esa
forma
está
lejos
de
la
sociedad.
Es
decir,
hay
que
hacer
un
análisis
sociológico
y un
análisis
politológico.
Si
algo
logró
el
PC
con
éxito
fue
el
cambio
en
la
forma
de
hacer
política,
aunque
lo
hizo
mediante
el
cambio
de
conducción
y de
elenco.
El
PN
además
debe
mirar
los
grandes
errores
de
diagnóstico
que
supuso
toda
su
campaña
electoral
desde
julio
hasta
noviembre
mismo,
y
que
se
expresaron
en
ese
tobogán
de
la
intención
de
voto
que
tenía
en
julio
y el
voto
efectivo
que
tuvo
en
octubre,
que
incluso
fue
más
allá
de
las
proyecciones
de
las
encuestas,
es
decir
que
la
caída
continuó
hasta
el
último
minuto.
El
desafío
mayor
para
la
actual
conducción,
tanto
para
la
mayoría
como
para
la
minoría
partidaria,
es
hacer
el
cambio
con
la
misma
conducción
y
los
mismos
elencos,
que
es
la
forma
más
difícil
de
cambiar
porque
implica
una
necesidad
no
sólo
de
que
todo
un
partido
cambie
sino
de
que
las
dirigencias
puedan
ver
el
cambio
y
adaptarse.
Los
seres
humanos
vivimos
reclamando
cambios
pero
en
general
somos
bastante
reacios,
este
no
es
un
tema
no
político,
partidario
o de
los
blancos
sino
general
del
ser
humano:
la
dificultad
de
adaptarse
al
cambio
y
ver
que
las
realidades
cambian
y
uno
tiene
que
cambiar.
Entonces
hay
que
ver
si
los
mismos
que
condujeron
al
partido
con
un
diagnóstico
equivocado
son
quienes
están
en
condiciones
de
hacer
un
nuevo
diagnóstico
y
trazar
un
nuevo
camino.
Parece
que
por
ahí
está
el
primer
y
gran
desafío
para
el
PN.
***