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Se trata no solo de Paraguay

 Oscar A. Bottinelli

El Observador - julio 1º de 2012

 

Cuando la semana pasada este analista escribió al correr de la pluma unos apuntes sobre Paraguay, sobre la destitución del presidente Fernando Lugo, creyó escribir lo obvio, lo que sería el consenso nacional. No lo fue. Algo está cambiando en el Uruguay [...]Bien, para pensar a fondo ¿Qué temas hay en juego? ¿Sobre qué se debe reflexionar? Sobre muchos.

Cuando la semana pasada este analista escribió al correr de la pluma unos apuntes sobre Paraguay1, sobre la destitución del presidente Fernando Lugo, creyó escribir lo obvio, lo que sería el consenso nacional. No lo fue. Algo está cambiando en el Uruguay. En cambio, hubo consenso entre gobernantes que entre sí están en las antípodas ideológicas. Se observa una fuerte asintonía en gente de similar signo ideológico, unos en el gobierno, otros en la oposición. Entonces, es necesario detenerse a analizar muchas cosas, con mucha calma y precisión.

Lo primero cuando se habla de temas de esta envergadura, es que para llegar a una conclusión en el caso concreto, se debe partir de análisis de principios generales, aplicables urbe et orbi, pero esencialmente aplicables en el propio país. Pero además se debe dejar de lado las ideas políticas de juzgadores y acusadores, se debe dejar de lado los juicios sobre las virtudes y defectos de la vida personal de destituidores y de destituidos, y hasta se debe dejar de lado el nivel político y cultural del país donde ocurren los hechos. Se debe pensar en abstracto y luego bajar a tierra de lo abstracto a lo concreto.

Va de suyo que cuando se juegan principios que hacen a la democracia, a los derechos individuales, a las garantías, no importa quién es el beneficiario de esos derechos y esas garantías. Precisamente las garantías son más necesarias cuánto más cuestionado sea el beneficiado. No está en juego ni la habilidad política de Fernando Lugo (hay coincidencia en los analistas en su formidable impericia), ni su capacidad como gobernante, ni sus ideas políticas (siempre que se logre adivinar exactamente cuáles), ni los vectores políticos de su gobierno, ni los hijos naturales habidos como producto de relaciones varias de dominio feudal. Quizás a la inversa, todo ello obliga precisamente por ser una persona que ha perdido la simpatía que originalmente despertó, por todos los cuestionamientos políticos y personales que recibe, a que se manejen con extremo cuidado los procedimientos, las garantías y se cuiden delicadamente los derechos. Al menos, esa es la concepción del viejo liberalismo político y del viejo liberalismo jurídico.

Hay un dato extremadamente relevante. La condena a la destitución de Lugo fue pronunciada por gobernantes de izquierda como Dilma Rouseff (Brasil) y José Mujica Cordano (Uruguay), por gobernantes populistas como Cristina Fernández (Argentina), Ollanta Humala (Perú) y Hugo Chávez (Venezuela), eclécticos como Rafael Correa (Ecuador) y gobernantes conservadores, o de centro derecha, como Sebastián Piñera (Chile), Juan Manuel Santos (Colombia) y Felipe Calderón (México). Y ha condenado la destitución el presidente Barack Obama (Estados Unidos de América). Como se observa no hay un común denominador ideológico. Los comunes denominadores son la calidad de gobernantes, de primeros mandatarios, y la invocación de las cláusulas o cartas democráticas. Algunos de ellos son presidentes impulsivos, que juegan la política internacional con cálida subjetividad; otros son ellos mismos jugadores prudentes y otros además responden a diplomacias frías, calculadoras, que manejan estrategias de largo plazo, como el caso más notorio de Brasil. No puede pensarse entonces que esa coincidencia responda a devaneos izquierdistas o populistas, a simpatías por la vida privada de Fernando Lugo ni a improvisaciones diplomáticas.

Por ello llama la atención que una parte importante de la oposición uruguaya se haya expresado en sentido contrario. Una explicación quizás esté en que muchos políticos opositores – no todos - han pensado como opositores internos a una decisión presidencial uruguaya, han pensado en el eje izquierda-derecha y en la persona de Lugo, más que pensado como gobernantes. Esto es habitual en políticos que han estado siempre fuera del gobierno o que ven lejos el retorno al mismo. Quienes ven el gobierno como algo propio de sí, tienden a pensar como gobernantes. Esta diferencia de maneras de pensar, en los propios partidos y los propios individuos, ha sido una contradicción observable en líderes de todos los partidos, aquí y en otras latitudes.

Complica mucho que los hechos ocurren –y sin duda por ello ocurren- en un país que revela un formidable atraso en la cultura política e institucional. Paraguay es un país pre moderno en lo económico, en lo social y en lo político, es un país pre moderno en lo institucional. Y no de ahora, de largo tiempo. El juego de las instituciones, la comprensión profunda de derechos, procedimientos y garantías, la lectura sustantiva de las normas y no el piedeletrismo utilitario, el fair play político, la bona fide en la actuación, la concepción misma de la democracia y de la libertad política, no se aprenden en dos días y a veces siquiera en una generación.

Bien, para pensar a fondo ¿Qué temas hay en juego? ¿Sobre qué se debe reflexionar? Sobre muchos. Quizás los principales son: la naturaleza del régimen presidencial puro y su diferenciación de los regímenes semipresidenciales y de los parlamentarios; el instituto de juicio político y su diferenciación de los pronunciamientos políticos de confianza; la función jurisdiccional del Poder Legislativo; la importancia de las formas; la importancia de las garantías procesales; la importancia de la sustancia de las reglas de juego en la democracia; qué es, qué no es y cuánto hay de democracia en un espacio y lugar determinados; cuándo se puede hablar y cuándo no de golpe de Estado; el principio de no intervención, el concepto de soberanía absoluta de los estados, la relativización de estos principios a lo largo de las últimas décadas, las cláusulas y cartas democráticas en el orden internacional. Todo esto está relacionado con los sucesos de Paraguay, y las conclusiones a que se arribe en cada caso deben ser con independencia de Paraguay como país, de Fernando Lugo como presidente, político y persona, y de los sucesos presentes. Hay mucha lana para cortar.

PD: MERCOSUR Y VENEZUELA. Escrita esta nota se anuncia el ingreso de Venezuela al Mercosur, dada la forzada ausencia de Paraguay. Esto abre otro debate: si es digno para Venezuela ingresar por la puerta de atrás, si en sustancia preocupó la democracia y la institucionalidad en Paraguay, o fue un recurso para otro golpe institucional, dado al Mercosur.


1 Ver Paraguay. No hay dudas: fue un golpe de Estado (junio 24 de 2002), El Observador, en Factum Digital: www.factum.edu.uy

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