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Las fronteras que no se traspasan

 Oscar A. Bottinelli

El Observador - agosto 5 de 2012

 

Los desafectos o enojados con la izquierda se refugian en la actitud refractaria (declaran votar en blanco, anular el voto o no votar a ninguno). No cruzan la frontera. Entonces ¿qué pasa? [...] Lo realmente significativo es el otro gran segmento de electorado frenteamplista disconforme, que lo es desde una óptica política y culturalmente liberal, fuertemente poliárquica, nada extremista, fundamentalista ni ideologizada. 

Se observa que la importante caída electoral y en opinión pública del Frente Amplio no genera el crecimiento ni del Partido Nacional ni del Partido Colorado1. Los desafectos o enojados con la izquierda se refugian en la actitud refractaria (declaran votar en blanco, anular el voto o no votar a ninguno). No cruzan la frontera. Entonces ¿qué pasa?

Hay un pequeño y poco significativo segmento de disconformes por la izquierda, porque no ven al gobierno frenteamplista caminar hacia un nuevo tipo de socialismo, anticapitalista. Lo realmente significativo es el otro gran segmento de electorado frenteamplista disconforme, que lo es desde una óptica política y culturalmente liberal, fuertemente poliárquica, nada extremista, fundamentalista ni ideologizada. Ese segmento no está constituido por nuevos votantes de la izquierda (los “votos prestados”) como creyeron muchos dirigentes blancos y colorados, sino que esencialmente está conformado por viejos frenteamplistas, de las horas de una izquierda todavía lejos del poder. O son las mismas personas o son los jóvenes formadas en hogares con esas características. Este es un primer punto: les cuesta cruzar la frontera porque se sienten pertenecientes a esa parte antes de la frontera donde estuvieron siempre, lo único que ahora desilusionados con los dirigentes, los grupos y los gobernantes de su hemisferio político.

Esa gente ve a ambos partidos tradicionales como obsoletos, no por su antigüedad, sino por su lenguaje, sus planteos, su forma de razonar, su visión del país y hasta su estética. Considera además –no importa si con razón o sin ella- que ya en pos dictadura la gente de izquierda fue perseguida en el tiempo de auge de blancos y colorados, que a muchos la pertenencia frenteamplista les supuso dificultades para la obtención de empleos relevantes o el ascenso en una carrera laboral. Un dato muy manejado es que Tabaré Vázquez fue vetado para la Presidencia de la Asociación Uruguaya de Fútbol a impulsos del coloradismo (lo cual lo catapultó como figura política y en parte lo llevó a la Presidencia de la República).

En las últimas semanas se ha observado como desde tiendas tradicionales han aparecido contra el gobierno y el Frente Amplio acusaciones de “totalitarismo”. El empleo de ese lenguaje descalificador a esa gente de viejo frenteamplista le representa un revival de lo que llaman “pachecato”, que es la denominación despectiva del periodo de hegemonía política del ex presidente Jorge Pacheco Areco. Para esa gente de izquierda, el periodo Pacheco Areco, esencialmente 1968 -1971, estuvo caracterizado por el discurso y la praxis de una derecha autoritaria. Esa es en trazos gruesos la visión de ese segmento de electorado que votó al Frente Amplio y se refugia en la actitud refractaria. Es que se siente más lejos aún del Partido Nacional y del Partido Colorado que del objeto de sus desilusiones. Y las dirigencias blancas y coloradas, en su mayoría, no en su totalidad, alimentan ese sentimiento, se posicionan lo más lejos posible del pensar y el sentir de ese segmento.

Eso en lo político. Pero además está la distancia en lo cultural. Los componentes del frenteamplismo desilusionado son personas culturalmente liberales, partidarias de la más amplia libertad y tolerancia de las personas y los grupos sociales en el plano cultural, entendida la palabra cultural en el sentido antropológico, es decir, como el conjunto de modos de vida, costumbres, valores, percepciones y actitudes de un grupo determinado. Tanto el Partido Nacional como el Partido Colorado en los últimos años se han monolitizado en una concepción cultural conservadora. Para comparar con un país nítidamente fragmentado en materia cultural, como lo es España, el Frente Amplio, la izquierda en general y el segmento desilusionado en particular, sintonizan con la concepción cultural de la izquierda española, del Partido Socialista Obrero Español y de la Izquierda Plural. El Partido Nacional y el Partido Colorado hoy son perfectamente ubicables en el meridiano del Partido Popular. En uno y otro campo hay excepciones relevantes, donde surge muy fuerte el cruce de ubicaciones entre Tabaré Vázquez y Julio María Sanguinetti; pero lo que importa es lo dominante y no las excepciones. El tema del aborto es paradigmático para la visualización de esa división cultural del país en dos hemisferios. Aquí también la distancia de cultura antropológica entre la izquierda y los partidos tradicionales es una frontera difícil de traspasar para ese frenteamplismo disconforme.

Ambos partidos tradicionales tienen además varios problemas en la arquitectura electoral. Uno, hay una fuerte competencia entre ambos por quien ocupa el segundo lugar. Dos, dentro del Partido Nacional en particular una muy fuerte lucha por la hegemonía partidaria. Y tres, más aún en Unidad Nacional también hay una fuerte competencia por el predominio presente o futuro. Ese triple plano de competencia se mueve con el electorado férreo como escenario, que es precisamente donde predomina el conservadorismo cultural y una visión dura de la izquierda, a la que consideran poco democrática o autoritaria. Es decir, el lenguaje verbal y gestual de los dirigentes en competencia, la estética empleada, es precisamente lo que los hace ver como algo extraño y ajeno por parte de los frenteamplistas desencantados.

Cabe añadir que el hemisferio cultural de izquierda es más de la mitad del país y que el hemisferio cultural tradicional es menos de la mitad del país. Entonces, con este universo y estas fronteras, las dirigencias tradicionales tienen dos caminos: uno es tratar de entender a ese otro que puede ser la base del cambio electoral, buscar acercarse a él y ajustar lenguaje y actitudes; el otro es apostar a que ese segmento desencantado quede anclado en la actitud refractaria, definitivamente vote en blanco o anulado y así convierta la mayoría de izquierda en la sociedad en una minoría en los votos válidos, que son los que definen las elecciones.


1 Segunda de dos notas sobre la situación del electorado a mitad de tiempo entre las pasadas y las próximas elecciones nacionales. Ver A la mitad entre elección y elección en El Observador, domingo 29 de julio pasado.

¿Qué opinan los uruguayos?

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